Quien controle el ritmo de la reconstrucción de Irán decidirá la guerra. Moshe Pozeilov
Si una cuarta parte de los ataques contra Irán se hubieran producido en Israel, el discurso público lo definiría como una grave derrota. Cuando esto le sucede al enemigo, a veces se desarrolla una narrativa inversa de logros menguantes y una sensación de fracaso.
El régimen iraní ha sido frustrado, debilitado y expuesto. Ahora el verdadero desafío reside en controlar el ritmo de la reconstrucción y crear las condiciones para desafiar su gobierno desde dentro. La campaña contra Irán aún no ha terminado, pero quien pretenda comprender el momento actual debe distinguir entre la sensación de haber concluido y la realidad de la situación. El alto el fuego no es el final del camino, sino una etapa intermedia en una campaña más amplia, que comenzó la mañana del 7 de octubre de 2023 y ha continuado desde entonces en diversos escenarios.
Para comprender la magnitud del logro, es necesario partir del contexto. En vísperas de la guerra, Israel vivía en una aparente estabilidad. Se asumía que los enemigos estaban disuadidos, que los sistemas regionales estaban controlados y que no existía una amenaza existencial. En pocas horas, quedó claro lo erróneas que eran estas suposiciones. Desde entonces, se ha mantenido un proceso continuo de corrección, no solo militar, sino también cognitivo.
El actual alto el fuego no es resultado de un equilibrio de poder, sino de la presión acumulada ejercida sobre la República Islámica. Estados Unidos aprovechará este lapso de tiempo para estabilizar los mercados energéticos y negociar desde una posición de fuerza, mientras que Irán ha perdido una de sus principales bazas: la capacidad de desestabilizar el mercado del petróleo y el gas. El mero hecho de neutralizar esta amenaza cambia las reglas del juego.
Al mismo tiempo, elevar la amenaza estadounidense a un nivel existencial, incluyendo indicios de daños a infraestructuras civiles críticas, ha creado un dilema recurrente para el régimen de Teherán. Al igual que al final de la guerra Irán-Irak o el acuerdo nuclear de 2015, el régimen también se vio obligado a elegir entre un conflicto prolongado que podría conducir al colapso y una retirada táctica, y optó por la retirada.
Pero hay un detalle importante que no recibe la atención suficiente. Los iraníes no exigieron a toda costa un alto el fuego en Líbano. En un momento crítico, bajo una fuerte presión, optaron por no imponer una condición que protegiera a sus aliados. En efecto, los sacrificaron. Esto es un claro indicio de la situación del régimen. Un régimen que se siente fuerte utiliza a sus aliados como palanca de negociación y los protege como parte de su estrategia general. Un régimen bajo amenaza existencial reduce sus frentes y sacrifica recursos para sobrevivir.
La decisión de no insistir en Líbano demuestra que, para Teherán, la supervivencia del régimen tiene prioridad sobre cualquier proyecto regional. Esto representa una fisura en su estrategia operativa, un momento en el que incluso los aliados comprenden que, en la verdadera prueba, no son la máxima prioridad.
El principal logro no se limita al plano político, sino que, ante todo, se sitúa en el plano operativo y sistémico. El daño a la cadena de mando iraní es profundo y extraordinario. Altos cargos militares, de inteligencia y de liderazgo han sido apartados del juego. Para un régimen centralizado basado en la lealtad personal, esto representa un shock estructural, y las capacidades militares también se han visto gravemente afectadas.
La fuerza aérea ha sufrido un duro golpe, los sistemas de defensa aérea se han deteriorado hasta el punto de perder su funcionalidad, y la libertad de operaciones aéreas sigue en manos de Estados Unidos e Israel. Al mismo tiempo, las industrias militares y las infraestructuras petroquímicas, que constituyen una importante fuente de ingresos para el régimen, han sufrido daños. A esto se suma el daño sufrido por las fuerzas navales, la Guardia Revolucionaria, la Basij y las fuerzas policiales.
La magnitud acumulativa es evidente. El régimen iraní se mantiene en pie, pero debilitado y más frágil que en cualquier otro momento de las últimas décadas. El panorama regional está cambiando. Los estados del Golfo se acercan a una postura antiiraní, las vías para eludir las sanciones se reducen y la presión económica interna aumenta. La población iraní, que lleva años expresando su desconfianza, recibe cada vez más pruebas de que el régimen es incapaz de protegerla.
Y, sin embargo, junto a los logros, existe una sensación de pérdida. Esto se debe a la brecha entre el potencial y la realización. Cuando se ejerce una presión tan significativa, surge la expectativa de un final claro y contundente, lo que se denomina una decisión, pero la realidad es más compleja. Los sistemas internacionales y los intereses generales dictan un ritmo distinto al que la opinión pública desea. Aquí es donde entra en juego la cuestión de la conciencia.
Si una cuarta parte de estos ataques hubiera ocurrido en Israel, el discurso público lo definiría como una grave derrota. Cuando esto le sucede al enemigo, a veces se desarrolla una narrativa inversa de logros menguantes y una sensación de fracaso. Esta brecha perceptiva proviene de la adopción de una mentalidad de suma cero: si no hay una decisión completa, entonces hay fracaso.
La realidad es que Israel se encuentra hoy en una situación completamente diferente a la de la víspera del 7 de octubre, no con una sensación de complacencia, sino con una sensación de capacidad. No con una sensación de inmunidad imaginaria, sino con una comprensión lúcida de las amenazas y confianza en su capacidad para afrontarlas.
El alto el fuego no es el fin de la guerra. Es un capítulo más en ella. El principal desafío estratégico ahora es controlar el ritmo de la recuperación de Irán. No se trata de permitir una recuperación rápida, sino de prolongar su período de debilidad tanto como sea posible. Este lapso de tiempo es un recurso valioso. Dentro de él, Estados Unidos e Israel deben trabajar sistemáticamente para formar y fortalecer una oposición, incluyendo elementos armados, que pueda desafiar al régimen desde dentro.
En este tipo de sistemas, la decisión no se toma en un momento dramático aislado, sino que es un proceso. Quien logre controlar el ritmo de la recuperación será quien, en última instancia, decida.
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