El único reproche, ahora que empiezo a ser moderadamente maduro, que me atrevería a hacer a mis padres es el de no haberme dado un hermano varón. Siempre lo he echado de menos, qué se le va a hacer. Un hermano debe venir bien cuando se necesita un confidente, un ayudante o un rival. Un hermano viene bien para buscar su apoyo cuando la vida se empieza a poner cuesta arriba o cuando necesitas alguien con quien celebrar éxitos. Tuyos o suyos, da igual. Quizá por eso, porque siempre me ha faltado un hermano amigo, he buscado siempre la amistad como uno de los valores importantes.
Uno, que es moderadamente pesimista, recibió hace ya tiempo de un buen amigo el consejo de que no importaba tanto cumplir años como disfrutar de la vida, que la melancolía no puede ser buena compañera más de cinco minutos seguidos. Y es que se aprenden muchas cosas de los amigos, que esto de la amistad siempre me ha parecido cosa importante para la salud mental. En las películas made in USA uno está acostumbrado a que todos los protagonistas vayan semanalmente a la consulta del psiquiatra o, como se dice bobamente ahora, del terapeuta. En España, que somos más abiertos a las relaciones personales, en cambio tenemos a los amigos y el bar, ah, cuánto progresaría el gremio de los psiquiatras si en nuestra cultura no existiese algo tan importante como la partida de después de comer o la hora del aperitivo dominical.
Esos cafés con partida y esos vermúes (¡y el fútbol!) son pura magia sanadora y en ella se olvidan muchos complejos y otros males del ánima. Eso que nos ahorramos en medicinas, me parece. A veces pienso que también debería bajar yo al bar de la esquina con más frecuencia, aunque primero debería aprender a jugar al tute o al mus para ser admitido. O al dominó, a ver si ahora que a Aznar le sobra tiempo tiene a bien ponerse un rato conmigo, que se me ocurren unos cuantos consejos que darle.
Porque cuidado que son importantes los amigos para llevar la vida medianamente bien. A mí es que me lo dice con frecuencia Misanta: “Hijo, que es que no tienes don de gentes”. Y yo le respondo que cuánta gente importante conozco que siendo unos zotes en cuestión de relaciones sociales han llegado a metas elevadas en la vida, incluso concejales y todo. Y es que siempre he sido bastante inútil para tener amigos, aunque contradictoriamente ya digo que siempre me han importando mucho, qué se le va a hacer. Claro que he tenido y tengo amigos, y claro que los puedo contar con los dedos de las manos, como nos enseñaron que debe de ser. Pero la verdad es que, será por culpa propia o por la marcha sin sentido de esta sociedad, he empezado a perder algunos de los que tenía.
Incluso alguna vez he sido buen amigo de mi jefe, si bien era un jefe momentáneo y circunstancial, y hasta nos invitábamos a comer espontáneamente, que es un chollo al que todos los ciudadanos de bien aspiran. La cosa se acabó, para que Misanta no me eche siempre la culpa a mí, cuando él me hizo libremente una serie de promesas que no cumplió, causándome serios perjuicios, que lo de las promesas incumplidas no es de recibo entre amigos, allá él.
Pero yo sigo siendo un incondicional de la amistad. Incluso en momentos como éste, cuando el exceso de calor me lleva al malhumor, pienso que es de lo que más merece la pena en esta vida. Bueno, y mi vecinita de enfrente también, que no es que seamos amigos pero vaya si la merece, sobre todo los sábados por la tarde, cuando sale en busca de guerra.
Les dejo, amables lectores, que parece que va a haber tormenta y las temperaturas se van a aliviar un poco. En caso contrario procederé a inyectarme en vena un vídeo del Real Madrid que ganaba ligas y campeonatos de Europa (“Championslig” le dicen ahora los cursis) desde el vestuario. Aunque lo dirigiese un estropajoso salmantino con bigote obrero en vez de un elegante caballerete, tal vez de origen portugués, brasileño o centroeuropeo.
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