Este domingo se va a celebrar la fiesta de Castilla. Digo la fiesta de toda Castilla, aunque oficialmente lo sea sólo de Castilla y León. Los castellanos somos los grandes perjudicados de la Santa Transición española, tanto de aquella primera, de finales de los años setenta, como de la actual, ésta encabezada por el zapaterismo.
Tanto en una como en otra reforma de España nadie piensa en Castilla. Si entonces el Estado claudicó mendicantemente ante los grandes nacionalismos, con la excusa de integrarlos a la naciente democracia, partiéndola en diversas autonomías de la señorita Pepis, insignificantes e ineficaces, tampoco ahora el Estado piensa en Castilla, sólo importa satisfacer a los eternamente insatisfechos nacionalismos periféricos.
Fuerte con los débiles, débil con los fuertes, el Estado se doblega una y otra vez ante las privilegiadas regiones que disfrutan de poderosos partidos nacionalistas, mientras somete a la indiferencia, a la desatención y al olvido a la que fue su madre, a quienes que ni le rechazan ni le apechugan.
Es la fiesta de Castilla, pero, como prueba de lo que Castilla representa en la actual y futura configuración del Estado, será una fiesta intrascendente, insignificante. Los medios de comunicación, salvo este pobre blog, no se ocuparán de nosotros, casposos mesetarios, que al fin y al cabo somos los culpables directos de la existencia de España, dedicando sus cotizadas primeras páginas a cosas tan trascendentes para la España zapateril como San Jordi, la rosa y el libro, una hermosa tradición que por otra parte es muy digna de ser resaltada.
En medio de la desidia de tus políticos, de la indiferencia, de tus propios pecados, de tu incultura, miseria y abandono, felicidades, Castilla. Que vivan los Comuneros.
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