Y es que cuando uno ve la que armó el PP el otro día no sabe si echarse a reír o tirarse directamente por el primer puente. Que el famoso diputado Martínez Pujalte tuviera que ser expulsado del Parlamento, no de cualquier tasca de tercera clase, debiera ser para sonrojarse y no salir de casa en un mes. Su persistente mala educación, su falta de respeto al rival político, a sus votantes y a todos los ciudadanos en general sólo fue castigada con la expulsión de uno de las instituciones más elevada de la Democracia. Desde luego, si los ciudadanos no confían en sus políticos buena parte de la culpa la tiene este penoso personaje que debería ir corriendo a todas las cadenas de televisión a pedir perdón a los ciudadanos.
No sé si su actitud bronca, encabritada e incivilizada se considera como un buen ejemplo dentro de las filas del PP, digna de elogio y premio (Mucho me temo que sí, y que le recompensarán con un generoso ascenso, algún nuevo puestecito y los correspondientes parabienes y palmadas que habrá ido cosechando) o si al menos a algún dirigente no aborregado le parecerá censurable. Rogaría en este caso que esta oveja blanca diese muestras públicas de su personalidad, llamando la atención del susodicho sujeto.
Que yo sepa que a uno lo expulsen de un sitio, más si le expulsan del Centro de la Dignidad del Pueblo, es algo bochornoso, algo para ocultar y no para sacar pecho y exhibir bigote y sonrisa al día siguiente. Al menos esto era lo que pasaba antaño cuando a un niño lo expulsaban de la escuela. Y digo “expulsaban”, en pasado, porque hogaño es poco menos que imposible que echen a nadie de la escuela, por muy malcriada que sea la criaturita, a menos que incendie el edificio con los demás niños dentro. Cuando yo era niño el padre del expulsado le arreaba dos guantazos y el obligaba a pedir perdón al señor maestro; Hoy día, es lo que tiene tanta reforma social, al que expulsan le felicitan y le dan palmaditas de ánimo y satisfacción en el espaldar. Como a Vicentito Martínez Pujalte, vaya.
No sé qué idea de España, de la seriedad y de la dignidad tiene el PP, pero debe ser muy diferente a la que tiene la gente normal, entre la que tengo el honor de incluirme. Y no lo digo por el personaje tan repetidamente aludido más arriba y su mema, infantil e irreverente ofensa al presidente del Congreso de los Diputados, aunque a poco que me lo proponga empiezo a encontrar excesivas similitudes entre su rústico bigote y el histriónico mostacho de Carod Rovira. Lo digo por el alboroto cortijano de las esposas en la Asamblea de Madrid. Que el PP haga el ridículo de esa manera es sólo problema suyo y de los años que quiera pasar en la oposición, pero esas posturas le acercan a lo peorcito del PSOE, pero no le acercarán nunca al Gobierno de España, bueno, al próximo Gobierno, quiero decir.
Con exhibiciones de este tipo el partido de la oposición no conseguirá centrar la atención del votante en los desmanes del Psoe, con tristes acontecimientos más propios de una dictadura, sino en sus propias limitaciones y, permitánme, sus «cochambroseces».
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