No sé dónde he oído preguntar si es lícito que gentes como Ronaldo se declaren infelices. Por no jugar al fútbol, vaya. Imagino que dentro de la pregunta está implícita la idea de que tipos tan multimillonarios como él, que tienen a su disposición cuanto puedan desear con un simple chasquido de dedos, que gracias a su dinero y a su fama han gozado de artículos de lujo y de esposas de lujo no tienen derecho a sentirse desgraciados. Y la pregunta me desconcierta, claro.
La salida fácil es la del que dice que quisiera ver a Ronaldo subido a un andamio en pleno enero, trabajando diez horas y ganado en todo el mes lo mismo que se gasta su perro en tabaco. O trabajando todo el día con un camión, de cajero en un hipermercado o de camarero en un restaurante de carretera. Que a ver cómo se sentiría entonces al llegar a casa con la espalda dolorida o los callos protestando y encontrarse de frente con el bigote y la halitosis de su esposa. Toma desgracia. No digamos nada si encima llega tu hijo y te dice que el profe le ha castigado en el insti. Vamos, como para “trajinarte” de una sola tacada un tretabrick de Don Simón y tirarte a la calle por el maldito cretino que ha osado llamar la atención a tu hijo por fumar en el cole.
Pero para mí que la cosa es más complicada. Séame sincero, amigo lector, y cuénteme qué pasaría por su cabeza si fuese suficientemente joven, nadara en dinero y el jefe le dijera que se tiene que jubilar ya mismo, que ya no hace falta que se pase de nuevo por la oficina. Bueno, no me conteste si no quiere, que ya le digo lo que yo haría si tan extraordinaria circunstancia se me diera en la vida: Yo, a pesar de que lamentablemente ya no soy tan joven, daría un beso en los morros al mismísimo jefe, aunque tuviera bigote y halitosis, qué más da. Miren que les soy sincero, me comprometo a hacerlo si me jubilan antes de un mes aunque ni tengo los dineros ni me quedará la jubilación de uno de estos futbolistos. Bueno, pues Ronaldo no. Ronaldo quiere trabajar, cumplir con la misión profesional que se ha autoimpuesto, no le importa salir todos los domingos al campo de juego llueva o haga frío, que es que manda narices, y aguantar lo que le echen los espectadores desde la grada, que es que les hay con muy mala leche y no perdonan que ya no corra como antaño.
Ronaldo quiere trabajar y es digno de admiración. Yo que él, si me despidieran de mi equipo me apuntaba al de Gina Lollobrígida, como delantero gigoló, naturalmente, aunque no sé si Ronaldo es ya suficientemente joven y si es tan hábil con otras partes de su cuerpo como con los pies. Yo le admiro en su infelicidad, que hasta en esto se nota que es un dios porque funciona al revés que los mortales que andamos locos por convencer al médico del seguro de que nos dé la baja por lo potencialmente contagiosa que puede ser esa tosecilla zarrapastrosa que traemos del fin de semana en la nieve con Maripuri.
Dicho todo esto yo no quisiera ser Ronaldo, ni aún a punto de jubilarse cubierto de millones, yo lo que quiero es ser su entrenador para poder decirle: “Quieto aquí a entrenarte todos los días a las nueve de la mañana que a lo peor el domingo que viene te saco”. Y tenerle así hasta que se le acabe el contrato.
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