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El botellazo a Juande Ramos

Pedro de Hoyos 01 Mar 2007 - 07:34 CET
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Soy de los que piensan que no nos merecemos estos políticos ni estos presidentes de clubes de fútbol. La inmensa masa social, esa que pasa desapercibida sobre la acera de cualquier pueblo o ciudad de España, es de una calidad humana infinitamente superior a ellos. Por eso no pasan de anónimos ciudadanos.
Esto que ha ocurrido hoy, esta barbaridad, este disparate, esta sinrazón, era fácilmente previsible. La han venido incubando entre unos y otros dirigentes sevillanos. Sevillistas y béticos, monta tanto, tanto monta. Ellos son los que han concebido a sinvergüenzas como el que ha noqueado a este entrenador, ellos son los que le han cuidado, protegido y mimado durante una semana de embarazo futbolístico, llenándole de razones, enseñándole a odiar al “enemigo” (¿?), mostrándole el camino del rechazo al otro, de la negación de los demás y por lo tanto de la violencia, hasta que hoy han dado a luz esta monumental barbaridad.
El imbécil que siembra vientos recoge tempestades. Ambos clubes son corresponsables, con sus declaraciones, con sus poses de dignidad ofendida y con sus argumentos humillantes contra el otro. Espero que quien tenga la potestad de sancionar lo haga con dureza y no sólo al que arrojó la botella o al equipo propietario del campo. Ese tipo de individuos, que no ven venir lo que todos temíamos, y que siguen menospreciando al rival, envenenando el ambiente deben ser apartados de la vida pública. Son de la peor calaña, son lo que nadie queremos para nuestros hijos. Y peor si me dicen que viéndolo venir no les interesaba haberlo evitado.
¿Qué implica ser de un equipo o de otro, del de una acera o del de la de enfrente? ¿En qué aspecto vital está la diferencia? Yo sólo he sido, cuando no tenía otra cosa que hacer, del Venta de Baños Club de Fútbol. Iba, veía a los amigos, me divertía con ellos, me preocupaba o me alegraba, gritaba, animaba y reía. Hora y media más tarde me iba a casa o a buscar a cualquiera de las novias que casi siempre me rechazaban. A veces “ganábamos” y a veces “perdían” los de mi pueblo. Pero no eran ellos los que llevaban a hombros nuestro honor; ni la fama ni el buen nombre de los que allí vivíamos dependía de los jugadores, la mayoría de Palencia y Valladolid, que se ponían por unas cuantas pesetas, pocas supongo, la camiseta roja y el pantalón azul. El futuro de la famosa estación, y con él el de todo el pueblo, no tenía que ver con el resultado del domingo anterior. No eran asuntos asimilables.
Oigan, explíqueme, ¿la felicidad de alguien sensato, maduro, responsable, depende de que un árbitro pite o no pite un penalti? ¿La semana, feliz o angustiosa, estresada o tranquila, de algún individuo que en su trabajo es siempre serio y eficaz, que con sus hijos es cariñoso y exigente, que habitualmente se preocupa por sus amigos, depende de que su delantero centro acierte a meter el balón entre los tres putos palos? ¿Qué se juegan, qué nos jugamos, qué nos va en ello?
Sorry, mi no comprender.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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