Tu ya sabes, hija, que hubo un tiempo en que la tierra estuvo llena de castillos y de reyes, de hadas buenas y de brujas malas, de enanitos compasivos y de encantamientos misteriosos. Tu ya sabes que no puedes pasar la página de un cuento sin que salgan corriendo seis o siete príncipes enamorados y otras tantas princesas que necesitan ser rescatadas, sin que feroces dragones y perversas brujas se lancen a perseguir a niñas indefensas o a honrados labradores que vuelven de las pesadas labores del campo.
Pero lo peor son siempre los dragones. Porque a las brujas malas se las neutraliza fácilmente con un hada buena y no hay problema. Lo malo, insisto, son los dragones, porque a ver cómo luchas contra ellos si son grandes como una torre y echan fuego por la boca y se comen princesas y asustan a ejércitos enteros… Ten en cuenta que un dragón enfurecido gana mil batallas, destruye mil castillos y tiene mil tesoros escondidos. Pero te apuesto un plato de macarrones a que nunca has oído hablar del dragón de mi cuento.
Cuando el dragón de mi historia se estiraba todas las mañanas al despertarse, las nubes tenían que darse prisa para apartarse, cuando se ponía de pie podía ver las cuatro esquinas del mundo y podía ver el sol antes de amanecer; cuando avanzaba por los campos la tierra temblaba y hasta los árboles echaban a correr para apartarse de su camino. Pero a pesar de ser tan fuerte y tan cruel terminó siendo el dragón más amable y cariñoso de todos los dragones que hay en los bosques mágicos de los cuentos. Verás lo que pasó:
Él era un trabajador muy cumplidor y le gustaba hacer muy bien su tarea. Todas las mañanas se levantaba muy temprano, se aseaba enseguida y hala, a cumplir con las obligaciones de todo dragón. Salía a los caminos echando fuego por la boca y aterrorizando a todos los campesinos que veía. ¿Que se encontraba una princesa? ¡Pues la raptaba! ¿Que se encontraba con un valeroso caballero? ¡Pues se lo comía! ¿Que se encontraba con un castillo o con un ejército entero? ¡Pues los destrozaba de un fuerte coletazo y a otro asunto!
Pero un día mi dragoncito empezó a cambiar. Madrugaba el dragoncito la mañana de San Juan, cuando, paseando por una playa, se encontró con un conde cantarín que iba a dar agua a su caballo a las orillas de la mar. Tan bonita era su canción que las aves que iban volando se paraban a escuchar, y mi dragón, en vez de echarle unas cuantas llamaradas como hubiera hecho otro día, se escondió también para oírle cantar. La melodía era tan increíblemente hermosa pero con un final tan triste que hizo que mi fiero dragón se echase a llorar y por primara vez se parase a pensar en el sufrimiento de los demás. Desde entonces empezó a ser menos fiero y más dulce, a comprender que los demás animales y las personas también tenían sentimientos, y sufrían y se alegraban según les fuera en la vida.
A partir de entonces, todas las mañanas, cuando pensaba en el día que le esperaba, se preguntaba por qué había tenido que nacer dragón y no podía haber nacido otro animal más pequeño y bondadoso. No le gustaba nada eso de echar fuego y zamparse a todo bicho viviente, no le gustaba que la gente le tuviese miedo y hablase de él en voz baja. A él lo que le gustaba era acercarse hasta la playa y preguntarse qué habría al otro lado del horizonte, a él lo que le gustaba era ser estrella de mar para nadar por el día y brillar en el firmamento por la noche. Pero sobre todo, sobre todo, lo que más le importaba era tener alguien que fuese su amigo.
Al verle tan bondadoso las gentes del pueblo empezaron a llamarle Dragoncito Pérez, que era la mejor forma de llamar a un dragón que ya no se comía a nadie ni echaba fuego por la boca y sólo quería columpiarse del arco iris con los niños. Pero, ah, el pueblo tenía un castillo y el castillo tenía una torre y la torre tenía una princesa encarcelada que se llamaba Mariolina. Una buena tarde se había plantado ante su padre y le había dicho claramente: “Papá, no quiero ser princesa. Quiero ser una chica normal, quiero tener unos padres normales y tener amigas para jugar y salir de paseo. Y quiero montar en autobús y tener un perro que se llame Fermín”. Y su padre, el Rey, que tenía un humor de mil demonios, ordenó que la encarcelaran hasta que cambiara de opinión.
Dragoncito Pérez se enteró de su historia y pensó en lo triste que tenía que estar la princesita, sin amigas, sin cole y sin un perro al que querer. Y como el rey no la liberaba, se asomó a la ventana más alta de la torre, vio lágrimas en la cara de la niña y del primer esfuerzo arrancó las rejas. Mariolina se puso muy contenta y empezó a dar besos a Dragoncito, se abrazó a su cuello y resbalando, resbalando, como si fuese un tobogán, llegó hasta el suelo, donde empezó a dar saltos de alegría.
Las gentes del pueblo les vieron alejarse hacia el horizonte cogidos de la mano y saltando muy felices. Los dos habían conseguido por fin tener un amigo.
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