Juventud, perdido tesoro. Yo tenía dieciséis y ella quince. La observaba desde que empezamos a estudiar juntos aquel curso. Preciosa, alta, estilizada, elegante, de mirada viva, inquieta e inteligente, iba siempre con un libro de Borges, de Kafka o Rainer María Rilke bajo el brazo. Un ángel. Cuando me encontraba con ella por los pasillos me sonrojaba y apretaba el paso. Con el tiempo me envalentoné, iba a ser mi cumpleaños y pensé en invitarla sabiendo, con la inocencia de la adolescencia, que iba a enamorarme de ella.
Aquella tarde había un partido de baloncesto y me senté a su lado con las más sagradas intenciones. Un elemental sentido de la precaución me hizo escuchar antes: “ …y le dije que no se pondría así y le fumigué con la mirada, oyes”. Me levanté y me fui. Creo que seguimos todo el año en la misma clase. Oyéndola entiendo lo de Kafka ¿Pero para qué querría a Borges? ¿Y a Rilke?
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