Llamamos a los bomberos para apagar fuegos. Y vienen y lo apagan, nos solucionan el problema y desaparecen. Ése, a lo peor, y no otro es el problema de los políticos, que ni los llamamos, ni nos solucionan los problemas ni desparecen.
Ha pasado demasiado desapercibido en nuestros periódicos que en la última encuesta del CIS los políticos aparecen como nuestro quinto problema más grave. Es tal la maraña de acontecimientos que se nos están viniendo encima cual avalancha que no nos damos cuenta (¿no quieren que nos la demos?) de que quienes tenían que ser parte de la solución en realidad están encabezando nuestros problemas. En este caso les encanta pasar extrañamente desapercibidos, curiosamente. Ellos mismos, su existencia, son un problema. Franco ya recomendaba “Haga usted como yo y no se meta en política”. Manda.
Los políticos son el quinto elemento de nuestros quebraderos de cabeza, nuestro quinto jinete del Apocalipsis, según acabamos de confesar en la encuesta del CIS. ¿Alguien se extraña? Porque se supone que están ahí para aportar ideas que mejoren nuestra calidad de vida, para producir soluciones, para trabajar y colaborar en pro del bien común. Pero… ¿cuántas ideas dignas de tal nombre podemos encontrar en el intensísimo debate político que vivimos desde hace tres años? ¿Es que algún sesudo dirigente, de ésos que engolan la voz y hablan con aire de gravedad cuando se dirigen al votante, habla de nuestros problemas? ¿Alguien ha oído en algún mitin una idea que no fuese ridículamente populachera, extremadamente demagógica y absolutamente estéril? ¿Alguien ha presenciado un mitin en el que no se insulte, muy zafiamente por lo general, al rival político?
¿Un ciudadano que se levanta todos los días con la intensa idea de trabajar y cuidar a su familia qué puede esperar de políticos que con la opinión pública radical y absolutamente en contra nos llevan a una insensata e injusta guerra sólo por hacerle la pelota al violento líder mundial? ¿Pero es que cabe en cabeza humana que semejante locura trascurra en otros órdenes de la vida? ¿Alguien se imagina que esto pueda ocurrir en una empresa, en una oficina, en una comunidad de vecinos? El desprestigio de los políticos está labrado con grandes esfuerzos que nos han costado lágrimas y sangre.
¿Es que existe fuera de la política algún organismo, empresa, familia, institución en los que pueda ocurrir ni de lejos lo que ha ocurrido con gobiernos regionales como Cantabria, Cataluña o Galicia en los que no sólo no gobierna el que gana, sino que incluso puede presidir el gobierno el único electo del último partido minoritario? Puede que los políticos que permiten y apoyan esto carezcan de valores humanos y por eso no les preocupe, pero los votantes no comprenden absurdos que no se dan en la realidad de la vida cotidiana. Quizá los políticos deberían empezar a pensar en la vida cotidiana. O simplemente en la vida, con eso ya valdría.
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