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Un ciego en el capitol: Capítulo VI: «La Diligencia», segunda parte

Pedro de Hoyos 23 Jul 2007 - 17:59 CET
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Estos días estoy publicando los primeros capítulos de mi nuevo libro: «Un ciego en el Capitol») A continuación pueden leer el final del Capítulo VI: «La diligencia»

Un ciego en el capitol: Capítulo VI: «La Diligencia», segunda parte

Yo lo noté antes de subir a bordo. El perfume dulzón de Candelas era perceptible de lejos incluso por alguien que no tuviera el olfato y la intuición tan desarrollados como yo. Candelas era posiblemente la joven más atractiva del pueblo, según decían los ociosos que se acodaban en la barra de cualquiera de los bares locales. Ellos nunca decían “atractiva”, claro. Ellos decían que estaba buenísima y que si la pillaban a solas se iba a enterar. Porque Candelas era también la puta del pueblo, o al menos eso decían todas las beatas, la alcaldesa y todas las adictas al régimen. Bueno, las no adictas también lo decían, aunque la Maripuri siempre sospechó que era sólo por envidia de lo bien que llevaba sus escotes “palabra de honor”.

Entre otros viajeros más también estaban el Pitillo, un borrachín sin oficio ni beneficio que tras ser sorprendido tiempo atrás junto a la puerta de la Candelas se defendió torpemente diciendo que sólo estaba echando un pitillo, quedando desde entonces señalado ante todo el pueblo, y el propio Lorenzo, impecable con su traje príncipe de Gales, corbata y gafas de sol. Esta vez incluso llevaba una carísima cartera de cuero de primera calidad de la que podría decirse que cuidaba con esmero si no fuese porque tenía sobre ella la mano con su sempiterna faria cuya ceniza amenazaba con caer en cualquier momento.

Cuando después de algunos sordos estertores La Diligencia se puso en marcha, Lorenzo se sentó detrás de la Candelas y le echó directamente el humo a la cabeza. Ella lógicamente se dio la vuelta y protestó. Era todo lo que el señorito necesitaba para empezar su despreciable acoso. No necesitaba discreción, era miembro destacado de la sociedad, mientras la Candelas…, la Candelas sólo era la Candelas, claro. Las burlas eran continuas y en voz bien alta y clara; las risas de los presentes, constantes; la humillación de Candelitas, total. El tiempo se me estaba haciendo una eternidad, pero seguramente no tanto como a la pobre chica. Maripuri, a mi lado, veía, callaba y me apretaba la mano. En varias ocasiones me solté pero ella volvía a asirme, terminando por clavarme las uñas. Las manos nos sudaban, Candelas lloraba y los viajeros reían complacidos mientras Lorenzo escupía ocurrencias y recibía palmadas de beneplácito. Manolo se divertía y babeaba, pasaba más tiempo mirando por el retrovisor interior que a la carretera. Si La Diligencia hubiera corrido a más de sesenta nos habríamos salido a la cuneta tiempo atrás.

De pronto el Pitillo se levantó de su asiento, se puso al lado de Lorenzo y enseguida le espetó:

-¿Qué, Lorenzo, a la capi a arruinar la vida a alguien o a echar un polvete?

Y ante la incredulidad de éste:

-Hombre, no me dirás que no has estado nunca en el “Luna de Corfú”. ¿Qué llevas en esa cartera, el dinero para pagar a las chicas?

Todos los pasajeros habíamos enmudecido, el cenagoso silencio del momento hacía más ostensible que el ronco bufido de La Diligencia estaba diluyéndose para efectuar la primera parada de su recorrido. Lorenzo fue a reaccionar cuando Pitillo ya se había acercado a la salida y aún le dio tiempo a soltarle tres o cuatro maldiciones antes de que un enjuto guardia civil asomase por la puerta de delante.

Lorenzo se sentó de golpe y cogió fuertemente su cartera mientras el guardia repasaba una por una todas las caras y avanzaba lentamente por el pasillo. Cuando levantó su mirada y vio a Lorenzo éste quiso levantarse y salir corriendo por la otra puerta, pero la presencia de otros dos guardias civiles le convenció de quedarse a la espera.

-Disculpe, Don Lorenzo, siento molestarle –dijo el cabo cuando llegó a su lado-, pero es que hemos recibido una denuncia de su socio de la constructora, parece que… ¿Le importaría entregarme esa cartera y acompañarnos, por favor?

Aunque Manolo no había parado el motor en La Diligencia sólo se oía la entrecortada respiración de Lorenzo que casi involuntariamente había depositado su cartera sobre la mano exigente del guardia, quien aprovechó hábilmente el momento para ponerle los grilletes.

Todos nos quedamos sorprendidos, intentando comprender la escena en todas sus dimensiones, tratando inútilmente de asimilar lo ocurrido a la misma velocidad que había pasado ante nuestros ojos. Nos quedamos boquiabiertos, esperando una explicación que no se produjo. Reemprendimos la marcha más por pura inercia que por saber qué debíamos hacer, Maripuri me murmuró al oído :

– Y además el muy cerdo me pidió que me acostara con él si quería que trajera Mogambo al Capitol.

– ¡Será cerdo, el tío! –dije- ¡Y esperaría que no te resistieras el muy cabrón!

– Hombre, no, si no me resistí, pero le dije que primero la peli y después la cama.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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