Durante estos días he publicado los diez primeros capítulos de mi nuevo libro «Un ciego en el Capitol». A continuación pueden leer el final del décimo capítulo: «El inglés de los cameos»
UN CIEGO EN EL CAPITOL. Capítulo X «El inglés de los cameos», segunda parte.
Sin embargo la gente que esperaba la llegada de “La Diligencia” hablaba con absoluta tranquilidad de lo que había pasado aquella tarde, de dónde había estado o de con quién se habían encontrado por la ciudad. El autobús llegó y se paró con la misma tos monocorde de siempre y los más nerviosos empezaron a subir enseguida. Manolo, siempre inmóvil, siempre con el volante entre las manos, saludaba pacientemente a los que iban subiendo. Un momento, ése no era Manolo, ésa no era su voz. ¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué había más gente de vuelta al pueblo de la que había venido a primera hora de la tarde? ¿Por qué estaba tan lleno el autobús? ¿Por qué el hombre que estaba sentado al lado de Maripuri, junto a la ventana, no dejaba de golpear el suelo con el tacón del zapato mientras se comía a mordiscos pequeños y repetidos un abisinio de los que preparaba “Iris”, la confitería del centro?
¿Y quién nos decía a nosotros que el nuevo conductor del autobús no estaba liado con una potencia extranjera, la Unión Soviética, sin duda, para traer y llevar espías de incógnito como quien lleva a la gente más normal? ¿Quién nos aseguraba que en vez de devolvernos a nuestro pueblo no nos iba a llevar secuestrados a todos los pasajeros hacia algún lugar recóndito y misterioso donde alguna pretenciosa rubia bobalicona nos iba a presionar hasta que le dijéramos exactamente a qué habíamos ido aquella tarde a la capital?
Demasiadas preguntas, a ver si el nervioso iba a ser yo. Nada debía pasar, aquél era un viaje como tantos otros cientos para la Diligencia, y si Manolo estaba enfermo lo normal era que lo sustituyeran, caramba. En realidad el viaje estaba siendo tan fastidioso y lento como siempre, la vida parecía querer transcurrir monótona y pesadamente y no íbamos a ser nosotros los que le impusiéramos nuestro ritmo. Así que decidí concentrarme en las protagonistas de las pelis de Hitchcock y en cómo se parecían a Maripuri. Salvo en lo rubio, claro. Que el condenao siempre las escogía rubias, qué fijación, si sólo le faltaba Zsa Zsa Gabor. Maripuri decía que eso sería una redundancia de colecciones porque la Gabor coleccionaba maridos como Hitchcok coleccionaba rubias, y que si se hubieran casado no se sabría quién era coleccionista y quién la colección. No lo entendí, pero tampoco me importó, que Zsa Zsa Gabor siempre me pareció demasiado pelandusca. Empezaba a observar yo cómo al inglés de los cameos siempre le interesó un determinado tipo de rubias como Tippy Hedren o Grace Kelly, que compartían un estilo de vestir e incluso un mismo aire de llevar el pelo, demasiado sosito y un poco pueblerino, que ya digo que se me empezaban a parecer a la Puri.
…Sólo un oído entrenado podía haber percibido eso antes que yo, “La Diligencia” empezaba a desacelerar y sin embargo no había paradas previstas en ese viaje. Alguien avisó de que nos estaban siguiendo dos coches de la Guardia Civil y surgieron risas y bromas nerviosas, algunos se levantaron y miraron por el cristal de atrás. Efectivamente, “La Diligencia” estaba desacelerando y a pesar de ello había alcanzado a otro vehículo… de la Guardia Civil.
Algo pasaba. Paramos. Callamos. Contuvimos la respiración y esperamos. Un número apareció por la puerta delantera metralleta en mano. Yo empezaba a tener la sensación de que ya había vivido esa escena cuando el hombre que había estado golpeando el suelo con el zapato se levantó, empujó a Maripuri contra mí y salió corriendo. El número gritó: “Deténganle, que no escape”. Solamente alguien tan entrenado como yo podía tener los reflejos tan bien dispuestos y antes de que la voz se apagase ya había colocado mi bastón entre los dos pies del fugitivo, que tras caer al suelo fue inmediatamente reducido y registrado. Como era de esperar en su bolsillo le encontraron una pistola fabricada en el Este y un manojo de documentos importantes para la seguridad de Occidente.
En la plaza del pueblo todos me aplaudieron, el alcalde me miraba con envidia mientras Madeleine Carrol me felicitaba con un beso y John Gielgud me sonreía complacido, los chavales más jóvenes se turnaban para darme palmadas en la cara y decirme lo machote que era y que ellos hubieran hecho lo mismo de estar en mi lugar.
Pero como las palmadas en la cara continuaban, y algunas eran mucho más que una amistosa carantoña, abrí los ojos y a muy pocos centímetros de mí Maripuri me hablaba: “Vamos, hijo, muévete, que ya hemos llegao”. Atolondrado, la dejé salir primero y cuando iba a levantarme el que golpeaba el suelo con el tacón se me adelantó y cogiéndome la mano me puso el índice sobre mi boca. “Cuidadito”, me susurró.
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