Acaban de retirar la estatua ecuestre de Franco que había en Santander. Y mira que me gusta Santander, ciudad señorial donde las haya, pero nunca he entendido por qué ha tardado tantos años en quitarse de encima al dictador. Voy, al menos iba, con frecuencia a Santander, me encanta pasear por el puerto, con el aire de cara, con la lluvia en la cabeza. Ahora además voy a pasear despacio por su plaza mayor.
Lo mejor que se puede hacer con las estatuas de Franco es guardarlas en el mismo almacén donde se guardaba el Arca de la Alianza al final de la peli de Indiana Jones. Allá, donde nadie se vuelva a acordar de ella para dividir y enfrentar a unan sociedad. Sé que existen franquistas a los que no quisiera ofender, pero Franco nos ofende a los demás. Verle presidiendo nuestras plazas y nuestras calles es una afrenta a la dignidad. Es una afrenta a nuestra dignidad que todavía haya calles que lleven el nombre de José Antonio Primo de Rivera, que todavía haya plazas que lleven el nombre de Girón de Velasco.
La estupidez de la memoria histórica de Zapa, su parcialismo y su cerrazón, su sectarismo y su radicalismo histriónico no deben velar la realidad: Una democracia no puede enaltecer a un dictador. A Zapa habrá que sacarle del gobierno a fuerza de votos pero a Franco hay que desmontarlo del caballo de la Historia de España a fuerza de grua. Si alguien quiere más franquismo que levante un partido y gane las elecciones. No sería el primer dictador que ganó en unas urnas.
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