Soy socio de Manos Unidas. Es el instrumento ideal de la Iglesia católica para dar trigo además de predicar. Quizá otro gallo nos cantaría a los católicos si todos predicáramos con el ejemplo, que es la manera más eficaz y directa de dar trigo a quien lo necesita. Soy personalmente pesimista respecto al futuro de los sentimientos religiosos y altruistas en una Europa Occidental que es el vivo reflejo del rico epulón. Y sin embargo…
Y sin embargo mi parroquia, en la que no abundan las familias adineradas, acaba de recaudar un 33% más que el año pasado en la colecta de Manos Unidas. Me parece un ejemplo de solidaridad que conviene publicitar en estos tiempos de crisis y de anticlericalismo, de anticlericalismo y crisis. Un 33% más, oiga.
Y eso encaja con la noticia de que medio millón de personas más señalaron la casilla de la Iglesia en la última declaración de la renta. Un total de ocho millones y medio de contribuyentes aportaron un casi un 39% más, 241 millones de euros. La Iglesia está formada por seres humanos, lo que inevitablemente nos lleva a que comete inmensos errores y por lo tanto es tan perfectible como criticable, pero a veces deberíamos tener más presente la labor social que acomete. ¿Cuánta gente come en el mundo (o estudia) gracias a la labor social de la Iglesia? A veces me da por pensar que su futuro es negro, que los ciudadanos abandonamos en masa todo lo que sea religiosidad, espiritualismo o trascendencia, que lo que nos va es la pela, el sexo y el hedonismo más salvaje y puro. O tal vez, simplemente se trate de sobrevivir como se pueda hasta final de mes, lo que no siempre es tarea fácil. A veces, sólo a veces, un par de noticias como éstas me desmienten.
Todo ello en la época en que los políticos dilapidan decenas de miles de euros en lujosos despachos, eclécticas sillas y carísimas mesas de reuniones. Y me refiero a cualquier político y de cualquier orientación, que en todas partes cuecen habas, de todo hay en todas las diferentes viñas del Señor y que malos y buenos los hay a partes iguales fuera y dentro de la Iglesia, en la derecha y en la izquierda.
Y mientras usted ha leído este artículo un político ha forrado su despacho de maderas exóticas y otro ha aceptado un soborno.
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