En realidad la culpa de que yo esté muerto la tuvo aquel balón… Surgió de pronto en mitad de la carretera y ya se sabe que detrás de un balón viene siempre un niño. Así que frené, pero en vez de un niño lo que se me echó encima fue el camión que venía detrás. Supongo que fue instantáneo y desde entonces parezco condenado a languidecer eternamente.
Cuando pasó el accidente tardé en darme cuenta de lo que ocurría. No me enteré hasta varios minutos más tarde, cuando salí del coche y vi que el camionero no contestaba a mis recriminaciones. No puedo decir que me alarmara ni que me asustara, no. Fue sobre todo una sensación de fastidio y frustración, como cuando alguna circunstancia inesperada te impide terminar algún proyecto importante, como cuando vas al fútbol y un atasco te impide llegar a tiempo. Al principio no supe qué hacer y me senté en la cuneta a ver qué pasaba con aquel follón. Lo que me inquietó fue la soledad que sentí cuando todos se fueron y la Guardia Civil restableció la normalidad del tráfico. Sólo un chopo, un triste y solitario chopo al borde de la carretera, me hacía compañía.
Me sentí aislado, abandonado por todos, ajeno a todo, sin saber qué hacer o dónde ir. Crucé los brazos con ansiedad, caminé a grandes pasos, buscando con desesperación una explicación que dar en casa. De pronto, sin alivio de ningún tipo, me di cuenta de que no, de que no tenía que dar ninguna explicación. Nadie me esperaba ya ni tenía dónde ir ni qué hacer, simplemente estaba muerto y nadie contaba ya conmigo para nada. Me dominaba una impresión de fracaso, de inutilidad, una desesperante sensación de inanidad. Resignado, hundí las manos en los bolsillos e incliné la cabeza, casi clavando la barbilla en mi pecho. Creo que lloré, pero no sé si los muertos tenemos lágrimas.
Mi entierro. Sentía curiosidad por leer mi propia esquela, por asistir a mi propio funeral, por ver las lágrimas de mi viuda, por ver a mis vecinos, a mis compañeros de trabajo, por saber quién estaba afectado y cuánto. Imagino que sonreí con tristeza, porque ante la perspectiva de saber cuántos de mis compañeros de oficina iban a mi entierro, de saber cuántos realmente lo lamentaban o cuántos se decían “Ahí va el capullo ese”, decidí que mejor me quedaba en casita, bueno, en casa tampoco, claro, pero a mi entierro mejor no ir para no llevarme sorpresas.
Además cuando te mueres cambia la perspectiva de unos asuntos y te enteras de los porqués de otros varios. De pronto me di cuenta, por ejemplo, de lo mucho que me molestaba aquel vecino que se había pasado cinco años cruzándose conmigo en la escalera sin saludarme. Me enteré, con un leve encogimiento de hombros, de que en realidad Lourdes no se iba al bingo los miércoles por la tarde. De haberlo sabido a tiempo hubiese armado la de San Quintín, supongo, pero ya para qué… La verdad es que siempre me lo creí y además me venía bien. Por unas horas me sentía el rey de la casa, ponía los pies encima de la mesita, cenaba leyendo el periódico mientras engullía los productos más grasientos y menos recomendables del mercado, o veía la tele saltando de cadena en cadena sin que nadie me dijera nada. Por mí como si quisiera ir al bingo vestida de fallera mayor todos los miércoles del año.
Ni siquiera el conocimiento de que Lourdes me engañaba todos los miércoles con el vecino que no me saludaba alteró el ensimismamiento que me abordó tras mi muerte. No sé si a esas alturas me sentía curado de espanto o simplemente me sentía liberado. Ahora el problema era del vecino, no mío. Ahora el que no podría llegar tarde del trabajo sería él, él sería el que se llevaría las broncas por no bajar la tapa del retrete. Más por aburrimiento que por otra razón decidí seguirle cuando iba al trabajo o los sábados por la tarde, cuando salía a jugar la partida. A veces incluso me ponía a su lado y seguía acompasadamente sus pasos. Su caminar, que siempre había sido ligero y nervioso, se solía trasmutar en un trotecillo alegre y saltarín cuando llevaba prisa. Ahora sin embargo andaba lenta y pesadamente, con una gravedad que siempre le había sido ajena, con la mirada eternamente perdida en el suelo, y con frecuencia tenía que detenerme a esperarle, como si necesitase ánimos, incluso sentí deseos de darle unas varoniles palmadas en la espalda.
A medida que pasaban los días y las noches, hay que ver qué largas y frías se hacen cuando estás muerto, el tedio y la vaciedad se iban apoderando de mí. Al llegar el invierno me refugié en la estación del tren, donde aprendí a dormir en medio de malolientes viajeros y vagabundos borrachos que escondían su ración de alcohol en los forros desastrados de sus abrigos. Fue hablando con ellos como empecé a fraguar mi plan, más por aburrimiento y por matar mis largos ratos de ocio que por otra cosa. No por casualidad terminé por hacer amistad con un electricista holgazán al que la bebida y un mal amor habían prematuramente jubilado.
Su charla me costaba todas las noches una botella del peor alcohol, pero era muy instructiva. Sus muchos años pasados en el arroyo le habían convertido en un experto en la supervivencia y en la venganza. Ahogado en coñac barato y peleón nunca le extrañó hablar con un muerto, quizá porque entre aquella onírica realidad y su embriagada existencia no debía haber tanta diferencia, cosas de la desesperación y de las cloacas de la vida. Copa tras copa, noche tras noche, me enteraba de los navajazos entre pordioseros que disputaban una colilla o de sus peleas por un puesto ante los fieles dadivosos que salían de misa. Maridos adúlteros, prostitutas acabadas y esposas vengativas desfilaron ante nosotros a lo largo de etílicas vigilias en las que los dos acabábamos dando tumbos por las esquinas de la ciudad sin que hiciéramos nada por evitarlo.
Dejaba pasar el tiempo lentamente, despreciando voluptuosamente los relojes de la estación, y, mientras detallaba mi plan, disfrutaba pensando en lo que iba a hacer, sus consecuencias y sus víctimas. Ahora la eternidad empezaba a pasar más deprisa, tal vez porque empezaba a tener un sentido. Me divertía y hasta parecía que los viajeros que llegaban a aquellos andenes ya no tenían el aire sórdido y tétrico de otras veces. Incluso de vez en cuando seguía pasando por mi casa a dar una vuelta, primero por costumbre, luego por curiosidad. Al principio me molestó ver la ropa del otro colgada en mi ropero o ver su colonia en mi baño, pero enseguida decidí aceptarlo y tal vez utilizarlo para mis propósitos. Una mancha de extraño carmín en el cuello de una camisa, una sugerente y conocida fragancia femenina en uno de sus trajes fueron de las primeras y más inocentes diversiones que encontré. Incluso hubo una temporada en la que me divertí dejando los alrededores del inodoro salpicados de orín. Sólo yo sabía lo que eso molestaba a mi mujer. A mi viuda. Eso sí, siempre me iba de casa antes de que llegase él. Para no tener que oírla.
Transcurrido el invierno y gran parte de la primavera, por fin llegaron las tormentas que anunciaban con grandes truenos y violentas lluvias el principio del verano. Entré en mi casa al caer de una tarde con grandes nubarrones grises y barrigudos, sabiendo que él no tardaría en llegar para ver mi televisión, leer mi periódico o abrazar a mi mujer. Mientras daba una vuelta para ver cómo seguía todo estalló la tormenta. Lourdes se sobresaltó con el primer trueno. La lluvia enseguida llenó el ambiente y por las calles, que se habían vaciado súbitamente, pronto bajaron pequeños ríos de agua.
Ella empezó a acicalarse y cambiarse de ropa, escogiendo atentamente aquel vestido tan caro que le regalé, seguramente buscando la forma de hacerme daño después de muerto. Mientras tanto yo arranqué el cable de la plancha y empecé a pelarlo. Se peinó y se pintó cuidadosamente, recreándose con delectación en la imagen que le devolvía el espejo. Introduje un extremo en el enchufe y el otro en la cerradura de la puerta del piso.
Él estaba llegando, se detuvo junto a la puerta para sacudirse los zapatos y empezó a buscar en sus bolsillos. Resoplaba y tosía, tampoco era tan joven y el mal tiempo había hecho su labor. El chispazo que lo mató cuando introdujo la llave dejó toda la casa a oscuras. Mi mujer se sobresaltó y al oír el golpe del cuerpo contra el suelo salió corriendo y gritando su nombre. Sólo un minuto más tarde todos los vecinos la rodeaban, buscando vanamente un consuelo que ofrecerle. Yo presenciaba la escena con el mismo interés con que un juez levanta un cadáver un día antes de jubilarse; apoyado en el arambol esperaba que todo acabase cuando en medio de la confusión, de las voces y los ayes, alguien me puso el brazo sobre los hombros. Era él, y su cara mostraba cierta diversión e incredulidad por mi sorpresa.
Me quedé aturdido y empecé a sudar, no sabía dónde mirar y empecé a tartamudear. Creo que durante unos instantes de confusión pensé que había fallado. Él lo debió notar en mi gesto y me tranquilizó, levantó las cejas y apuntó con la nariz al suelo, donde yacía su cadáver. Cuando recuperé el resuello me preguntó por qué, sin siquiera soltarme los hombros. En su voz no había queja ni amargura, sólo curiosidad.
– Me aburría -le dije.
– ¿Y ahora qué? -preguntó.
– Solos nos vamos a hartar, necesitaremos buscar a alguien más… -dije.
– ¿Te refieres a ella? -preguntó de nuevo.
– Anda, no fastidies, déjala que explique a la policía quién puso el cable en la cerradura.
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