Los reyes magos me han traído la vieja amistad perdida del compañero con quien tanto compartí, con quien tanto luché y a quien tanto aprecié a pesar de nuestras discrepantes opiniones.
Las personas limpias y con nobles sentimientos siempre quedan en tu memoria a la espera de ser rescatadas por el tiempo, dejando huella de su generosidad y espíritu de entrega. Vuelven tarde o temprano como se fueron, con altura de miras, sin enjuiciar a los demás, sin críticas amargas, sin neurótica desesperación, sin úlceras en el alma, sin verter a los demás las heridas sanguinolentas que el paso de la vida les va dejando; aportando al colectivo en vez de restar, sin una crítica amarga, colaborando en vez de poner zancadillas.
Será por eso que dejan disciplinada huella en sus compañeros y amigos, en sus superiores y subordinados; será por eso que pasan por la vida sin sufrir amargura, divulgando alegría de vivir, trasmitiendo a los demás su entrega y su fe en la sociedad. Será por eso que este tipo de personas, positivas, que jamás osan juzgar altivamente a los demás, críticas antes consigo mismas, dejan huella, comunican esperanza y ternura. Por eso si al doblar alguna esquina de la existencia te los vuelves a encontrar te hacen saber que la vida sirve, que servir es vida, que servir es colaborar y no torpedear, que el mundo no es enfrentamiento ni una jaula de loca amargura vociferante.
Es altamente satisfactorio encontrarte con quien te muestra cómo vivir responsable y felizmente en vez de mostrar su angustia vital o su úlcera de duodeno. En tiempos en que es más fácil encontrarte por la vida con personas ásperas y negativas, de fácil crítica amarga, te reconforta saber que no todo está perdido, que hay alternativa seria y responsable a la acided medioambiental. Al colmillo retorcido.
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