Cuando voy a llegar el cereal se cimbrea, alegre y dicharachero, sometido al dictado del vientecillo matutino; su color oscila del verde amarillento al verde oscuro según le acaricien los rayos del sol. A veces, regueros de amapolas de rojo fulgor parecen reunirse en corros, tal vez para confiarse sus aventuras por el páramo, bajo el amparo leal de la noche pasada.
En lo alto de la loma un enorme pino parece esperar en vano algún acontecimiento, quizá madurando alguna decisión difícil de tomar, quizá simplemente disfrutando de la perspectiva que dan los metros. Para altura, la de la Giralda de Campos, airoso trono gótico que lleva cientos de primaveras contemplando sereno la sucesión de estaciones.
Al abrir la mañana pequeños corros familiares detenidos junto a sus puertas francas saludan, a la par extrañados y cercanos, al ajeno que osa irrumpir en la intimidad del lugar. Cuántas vidas se han confesado al amparo de sus esquinas, al cobijo del sabor mercantil y labriego de sus soportales.
El escudo del Duque de Lerma contempla desde lo alto del castillo la villa que se derrama a sus pies, quizá en ejemplo de sumisión propia de otros tiempos, escrita en las piedras de una muralla hoy desaparecida.
Ya no hay enhiestas alabardas que vigilen tras las almenas ni hoscos cañones que defiendan lo indefendible en nombre de la nobleza. Entre los afortunados habitantes de Ampudia sólo se perpetúan laboriosos valores de una Castilla milenaria que ha sabido con inteligencia preservar el patrimonio popular de su casco urbano
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