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La luna no pestañea

Pedro de Hoyos 21 Ene 2012 - 10:13 CET
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Enero. Pura dinamita de hielo. Insoportable, la noche se hace cada vez más larga. El frío invisible se precipita sobre la ciudad y sólo bajo los árboles más frondosos del parque el césped no se cubre de blanco.

Vacío. Los ciudadanos se recogen y protegen. Por la calle baja un torrente de silencio que enseguida domina plazas y avenidas. Nadie. Nada. Y lo llenan todo. Los neones del bar de enfrente sólo llegan hasta mí, aunque el halo místico de su anuncio luminoso centellea cadenciosamente y avisa de que posiblemente todavía quede algo de vida dentro. Pero el camarero bosteza ostentosamente, como si quisiera expulsarla con prisa.

Una procesión inmóvil ribetea de farolas una avenida cualquiera que se extiende directa y vertiginosa hasta la rotonda. Para qué perder el tiempo si existe la línea recta. Aunque al final sólo haya más silencio y más vaciedad. Muy iluminados, sí. Derroche de luz que muestra más las carencias. El yermo. El estrepitoso mutismo de la noche completa lo llena todo. No suenan campanas, coches ni llantos infantiles. No suenan voces varoniles ni risas femeniles. Han cedido su sitio a la pesadumbre pero los semáforos siguen estoicos e invariables acometiendo su destino. Tan innecesariamente. No se mueve una hoja salvo por el peso del hielo. Impasible, la luna observa todo sin pestañear, sin embargo las estrellas parecen tener un espasmo incontenible y no paran de hacer guiños, como si su titilar fuese el tic tac implacable del universo.

Frío y soledad, qué mal combinan. Enero y vida, qué mal se llevan. Al cielo descubierto Palencia tirita y busca refugio en los soportales de la calle Mayor. Otra noche de invierno. Palencia hecha de eneros glaciares y veranos apasionados, pura Castilla, pide clemencia y que el amanecer llegue pronto. Quizá por esto se fue la primera universidad. Quizá por esto Palencia se sigue yendo. Cada vez más.

Palencia es cada vez menos y los que cobran por curar los males de nuestra sociedad no encuentran remedio para tanto frío. Agónico. El torrente de silencio que bajaba por la avenida se instala en toda la ciudad y se llama Conformismo. Tal vez se apellide Indiferente. Es decir Palencia. O Castilla.

Invisible el frío se precipita sobre Palencia y sólo bajo los árboles más frondosos del parque la esperanza no se cubre de blanco. A lo largo de la avenida una procesión inmóvil ribetea de farolas el funeral de Palencia. Que el amanecer llegue pronto.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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