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La muerte de Whitney Houston

Pedro de Hoyos 13 Feb 2012 - 19:22 CET
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Yo admiraba a Whitney Houston, siempre me gustó su imagen elegante y señorial, alejada de las cantantes o actrices bombón, a las que no basta con sus cualidades artísticas sino que además exhiben sin recato los atributos sexuales que la naturaleza les dio, utilizando su belleza para vender más discos o más perfumes sin darse cuenta de la indignidad que conlleva.

De Wihtney me gustaba su extraña mirada y su sonrisa, pero sobre todo me atraía su voz en esa extraña combinación de dulzura y amargor, de lija y terciopelo. “El guardaespaldas” –sepan los lectores que mis conocimientos de cine navegan entre cero y la nada- me encandiló y supuso para mí un atractivo que me acercó más a su figura.

Sin embargo ha muerto como mueren los malos actores, las figuras de pies de barro, incapaz de resistir su éxito, incapaz de resistir su vida. Ha seguido la estela de numerosos diosecillos vanos y fatuos, llenos de su éxito mundano, pero carentes de cualidades naturales que les permitieran soportarlo. De ahí al fracaso solo media una cabeza mal amueblada.

Hay grandes personajes a los que el triunfo social, la aclamación popular y los premios les suponen grandes obstáculos por superar, poniéndoles en graves aprietos para desarrollar una vida normal, afectiva y familiar. Llega un momento en que sólo pueden superar las dificultades a base de alcohol y drogas, únicos elementos que parecen infundirles ánimo suficiente para luchar contra sus propios demonios. La soledad, el desamor y la ruindad moral hacen mella en personas que carecen de cualidades interiores.

El firmamento social está lleno de estrellas que se apagaron bruscamente, cuando se supone que aún no les correspondía, que se extinguieron por dejadez, por miseria o por cobardía para soportar la vida. Hay vidas que no merecen ser vividas, pueden ser abandonadas simplemente dando un paso a un lado, volviendo la mirada a nuevas referencias y cambiando de mentalidad. Pero algunas estrellitas llevan su existencia tan insoportablemente que sólo encuentran la falsa salida del suicidio, más o menos buscado, más directa o indirectamente demandado. Quizá simplemente hayan construido su felicidad sobre una vida vacua, olvidando las cosas sencillas que nos sirven de base para soportar nuestras circunstancias. Para soportarnos a nosotros mismos y a los demás.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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