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Cruce de Castilla

Pedro de Hoyos 01 Mar 2012 - 22:55 CET
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Piedra y hierro. Sólo de piedra y hierro es el desolado paisaje de la estación que se ofrece inerme al despiadado hielo. El frío lleva varios días sobre el pueblo y quisiera éste replegarse sobre sí mismo para darse calor. Los inviernos son crudos en la meseta y desde niño hay que ser muy hombre para soportarlo. Sopla viento gélido y barre los andenes. Tiritando, quienes esperan acuden a la fonda en busca de resguardo.

Tiemblan los edificios y Venta de Baños parece caer. Todo vibra. Aunque lo han anunciado por los altavoces a muchos les pilla desprevenidos y el expreso de las veintidós cincuenta entra entre grandes estruendos, señalado por una estela de humo. El ruido y el vapor impresionan; especialmente asustados un atildado petimetre y su acicalada esposa dan un gritito y saltan hacia atrás. Se oye un rechinar de frenos y con gran esfuerzo la locomotora se detiene al final del andén.

El bar de la fonda siempre tuvo sabor añejo. Un enorme mostrador corre de lado a lado y cobija a enjutos vagabundos, borrachos sin tiempo y jubilados sin reloj. Un maletero cojo y tuerto vestido con un descolorido traje de pana vigila a todos los viajeros de cerca acechando un trabajo que escasea. Decimonónicos veladores enmarcados en una compasiva oscuridad completan la lúgubre estancia y esperan acomplejados y resignados a sus ocupantes. Sin embargo los clientes prefieren citarse alrededor del mostrador frente a un humeante café barato.

En el andén opuesto se abre súbitamente una puerta y sale un factor a la carrera para dar la salida al expreso. El petimetre y su esposa ya han subido y deambulan entre pasillos, coches y departamentos buscando sus plazas.

Cruje el viento, hiere el frío. En el patio de la estación, una castañera, sucias las manos de negro luto, resiste el paso de las horas con sonriente serenidad: hay que dar de comer a la prole. Del expreso han descendido cuatro o cinco pasajeros que cruzan con apresuramiento; los primeros pasan sin tiempo más que para sí, sólo el último se detiene al ver la sonrisa estoica, se gira y compra un puñado de castañas con el que calentar su bolsillo camino de casa.

La estación nunca duerme, el trasiego es incesante a pesar del ambiente hostil. Antes de amanecer, cuando el hielo sea una agresión física, decenas de empleados y trabajadores acudirán de nuevo a la estación para gobernar el nuevo día. El invierno nada puede, Venta de Baños no decae, siempre se sobrepone, es Cruce de Castilla.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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