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De brañas y osos

Pedro de Hoyos 13 Abr 2012 - 15:38 CET
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Llueve en la montaña. Al principio las gotas son gruesas y lentas, caen pausadamente, como si no se decidieran, pero despiertan el olor a naturaleza y vivifican al caminante. Enseguida la lluvia es más fina y contundente, por un instante el paisaje parece nublarse y las altas cumbres del horizonte se hacen borrosas, se difuminan como si tuviesen voluntad de esconderse. Es semana santa y llueve, claro; si siempre fuese semana santa no habría sequía.

La lluvia hace que la mañana sea más liviana, el vientecillo sereno que sopla con levedad contribuye a que el tiempo pase más ligeramente. El viajero se sube el cuello de la gabardina y arrostra el agua sin prisa, subiendo pausadamente la carretera, deleitándose en la Palencia que busca el cielo. Aunque hoy el cielo sea gris y derrame un tanto cicateramente sus bendiciones sobre los campos.

Las casas de piedra guardan su paso con callada y elegante discreción, el silencio marca la calle principal y sólo a lo lejos se oye alguna voz que llama desabridamente a un marido que tal vez prefiera no contestar. Es tierra bendita por Dios que se mostró generoso regándola de valles y montes, ríos y bosques, brañas y osos.

Y por la Historia. La Historia de Castilla se citó aquí para alumbrar un ayuntamiento por vez primera en España y es honra que ilustra al lugar y a sus habitantes. Uno puede esperar, tal vez, que surjan de cualquier ladera los foramontanos que iniciada la Reconquista iban bajando temerosos pero confiados hacia la meseta, dispuestos a devolver España a Europa. Quién sabe si detrás de cualquier sombra puede aparecer un mensajero a caballo anunciando el Fuero del Conde Munio Núñez que hará pasar esta tierra a la Historia.

Aquí hay una calle que se pierde en el bosque, ahí una plaza, allá la línea quebrada del horizonte; el casco urbano, inmerso en la quietud de las montañas, está rodeado de cumbres y se ofrece al intruso mansamente, sabiéndose querido y respetado. De pronto, como si se hubieran puesto de acuerdo varias casas, el aire se llena del espeso olor a leña y el viajero siente deseos de recogerse cálidamente frente a una chimenea de piedra a ver quemarse la mañana. Pero se perdería el bosque. Y la montaña y la humedad. Se perdería la Palencia quebrada, próspera y feraz. Pero Brañosera siempre estará ahí, intacta, incólume, sin las heridas del tiempo, sugiriéndose orgullosa al turista, esperando ser peldaño que acerque Palencia al cielo.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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