Es media tarde y ya ha oscurecido. Diciembre en la meseta. El cielo es una nube. Negra. Amenazante. Satisfecha. Del monte baja el viento sin prisas, seguro, sabiendo que dominará la ciudad. El Señor.
Se apagan los comercios y La Aguadora se baja del pedestal, hace un guiño a La Gorda y le pregunta qué tal ha ido el día. La Calle Mayor está vestida para fiesta pero nadie lo sabe. Vaciedad. Soledad. Frialdad. Se oye diciembre, se oye invierno. Resuena el silencio en los Cuatro Cantones para algún despistado que sale todavía del último garito donde ha engañado a su mala vida con unas copas de alcohol barato. Sabe que le han timado pero mientras tanto ha sido feliz.
Amanece. La Castañera retoma su puesto ante este periódico y suspira pensando en la última vez que alguien le compró castañas. Barcelona cobija a sus hijos desterrados de este valle de lágrimas. Dispuestos a votar por la independencia de quien les prometa un puesto de trabajo.
Va a ser media tarde y va a oscurecer, diciembre, meseta, pero el Salón se llenará de chiguitos que se encargarán del futuro. Se enfrentará a nosotros. O a nuestras mujeres, si hemos salido de campaña. (*)
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Como quienes desconozcan Palencia no entenderán el último párrafo añado aquí unos datos sacados de la Wikipedia:
«Es también de destacar que, en 1388, mientras los palentinos estaban fuera de la ciudad, tropas del Duque de Lancaster llegaron con intención de saquear la ciudad, la cual fue defendida valerosamente por las mujeres palentinas evitando que Lancaster sometiera a Palencia. Por ello se premió a la mujer palentina con la banda amarilla de honor, que sólo podían llevar los hombres, y que hoy día queda patente en el traje regional»
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