El pasado fin de semana he estado en misa, como habitualmente. Pero esta vez me he sentido en especial comunión con cien mil personas que en aquel momento oraban o se disponían a hacerlo en la plaza de San Pedro para pedir el fin de la guerra en Siria. Y con varios millones de católicos más en todo el mundo, en todos los lugares de oración de todo el mundo. Sé que al lector preocupado por la crisis, por los precios de inicio de curso, por la falta de trabajo o por el desastre de Madrid 2020 le parecerá una inmensa soplamemez que algunos infelices todavía vayamos a misa y creamos en magias y supercherías.
El caso es que el Papa, el “jefe” de estas antiguallas en que nos estamos convirtiendo los católicos, está combatiendo la guerra de Siria y esa excrecencia que el admirado Obama quería montar a base de misiles mientras los políticos callan y esperan. El premio nobel de la paz quiere combatir la guerra a base de misiles –como frenar la obesidad a base de hamburguesas de tres pisos y cocido madrileño- sin que nadie trate de impedírselo. Andan Rajoy y Rubalcaba observándose por encima del hombro, vigilando los movimientos del otro para ver qué dice y decir ellos lo contrario, siempre que no sea demasiado opuesto al Gran Jefe Blanco (¿…?) de Guasinton.
Mientras callan y esperan a ver qué decide Obama (Hoy te bombardeo, mañana no, la semana que viene ya veré) el Papa ha hablado con firmeza y condenado la muerte y las ganas de matar. Su pregunta de si cada conflicto “es una guerra por problemas de verdad o es una guerra para vender armas en el comercio ilegal” espera una respuesta de quienes dirigen este maremágnum de injusticias que llamamos mundo. Esto de que los Papas sean siempre tan mayores tiene una ventaja, viven más despacio, piensan bien las cosas y no les da la gana de poner nombre a los gobiernos que se enriquecen vendiendo armas a países en conflicto, a las dos partes del mismo conflicto, para además sacar otros beneficios, llámese petróleo, gas o coltán. Esto, que es de dominio público, sigue sucediendo a la luz del día de cualquier país tercermundista sin que ocupe portadas en los periódicos.
Obama hablará hoy once de septiembre conmemorando el ataque de las Torres Gemelas, ¿sabe que ayudando a los rebeldes sirios ayuda a Al Qaeda? ¿No es absurdamente contradictorio? Por cierto, entre las víctimas de esos rebeldes sirios apoyados por Al Qaeda hay cientos de cristianos, mientras decenas de iglesias y monasterios cristianos han sido arrasados. Adelante, adalid de la Justicia mundial, guía de la Democracia Universal; adelante, Premio Nobel ¿de la Paz? Mientras tanto la oración y el ayuno del Papa va abriendo camino.
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