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La Ojeda, esa emoción

Pedro de Hoyos 25 Abr 2014 - 07:52 CET
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Nubes como cantos grises, oscuros y negros cubren los cielos. Llueve intensa primavera y la Ojeda no ofrece refugio ante el olor exuberante a lilas en floración. La Ojeda, que es la mejor publicidad de la primavera palentina, empieza suave y sugerente, quizá temerosa del paseante, para terminar brava y orgullosa a las puertas de Cervera en una sinfonía de maneras y colores que muestra la hombría de una tierra difícil de domeñar.

Dulce y ondulada un kilómetro atrás, la carretera se ha ido trasformando en ardor de curvas, subidas y bajadas que encabritan el ánimo. Desde valles y colinas la montaña palentina, madre coraje de nuestra tierra, ofrece un espectáculo a veces luminoso, a veces oscuro, todavía salpicado de nieves, que cierra un escenario de verdes y ocres vivificado por riachuelos a punto de rebosar. Por ellos la savia corre atropellada, alocada, en busca de una salida hacia la meseta. Llueve primavera y bosquecillos batidos por la tormenta se agitan nerviosos ofreciéndose generosamente a los vientos.

De pronto la breve tormenta cesa, ha sido un suspiro, y vuelve la euforia de la quietud. La Ojeda es calma hecha para el hombre, es tiempo detenido en el tiempo y paz revestida de silencio. Cuando los árboles y el viento terminan su diálogo fanfarrón y pendenciero vuelven los pájaros a sus pláticas barrocas que si bien parecen un soliloquio sinsentido a ellos vale para entenderse y negociar sus vidas.

Pero estábamos en las lilas. Desde cualquier altillo se ven lilas enluciendo los campos. La primavera es La Ojeda y la Ojeda en primavera es olor a lilas. Delante de sillares de muchos siglos o junto a rústicas casas de adobe las lilas son semáforo que llama a detenerse y contemplar, a sentir la vida con complacencia y relajación, a esperar y dejar que caiga el sol, ahora que asoma, gastando abusivamente la tarde en llenarse los ojos de verde brillante y de ocre esperanzador.

Es la Ojeda, que termina bravucona y arrogante a las puertas de la montaña. Nubes como cantos grises, oscuros y negros cubren los cielos; en Cervera de nuevo llueve primavera intensa pero los soportales ofrecen cobijo a quien sabe recrearse entre sus vetustas piedras. La vida se desenvuelve a ritmo de ocio y fiesta, que Cervera es Castilla y hoy es el día de la propia fiesta.

Pedro de Hoyos

Nací en Venta de Baños, Palencia, en medio de un infernal tráfico ferroviario. Mi primera intención fue volverme por donde había venido, pero mi madre se negó y aquí sigo. He pasado por las columnas de opinión de diversos periódicos (Diario Palentino, La Tribuna de Cuenca, La Tribuna de Guadalajara, Diario de Burgos, Palencia Siete) […]

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