No, no soy uno de esos supremacistas catalanes que llama africanos a los que no piensan como ellos, aunque también sean catalanes. Me siento español, claro. Quizá por eso no me gusta España. Bueno, no me gustan algunas cosas de España. Me encanta que seamos de los mejores países del mundo para ser mujer o para ser niño. Me emociona que seamos el primer país del mundo en generosidad y encabecemos la clasificación mundial de trasplantes de órganos. Si, nuestra historia también, con sus luces y sus sombras, incluida la conquista de América, que sin juzgarla con quinientos años de ventaja evolutiva, no puede compararse al exterminio que franceses y británicos realizaron en Norteamérica.
Pero no somos muy europeos, no en educación y cultura, en limpieza y respeto a los demás. Somos sucios, no hay más que ver los suelos de nuestros bares, llenos de cabezas de gambas (ustedes me entienden) que nadie recoge; no hay más que ver nuestra terrazas, llenas de servilletas de papel, de padres repugnantes que no impiden a sus párvulas criaturas correr, dar voces y molestar a los demás. Somos un país de padres muy brutos e ignorantes. Somos incapaces de respetar a los demás.
Pero no somos muy europeos, no en educación y cultura, en limpieza y respeto a los demás. Damos voces, molestamos a los vecinos con nuestra televisión, con nuestra música, con nuestras voces “a capella” en la escalera, con nuestros ruidos en el patio de vecinos. Tenemos que hacer saber a los demás que llegamos nosotros. Somos incapaces de respetar a los demás.
En la escuela se enseña Matemáticas, Lengua y Geografía, pongamos. Pero en casa, ¿qué coños enseñamos a nuestros hijos en casa? Porque el respeto a los demás, los buenos modos y el saber estar, la convivencia, se enseña en casa.
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