Miren, no me busquen entre los eclécticos, los sibaritas o aquellos que, neutrales entre democracia y fascismo o comunismo, no se mojan en asuntos vitales. Soy parte, soy partidista. Dado que no hay seres humanos sin debilidades, sin equivocaciones y sin pecado, unas veces soy conservador y otras progresista, depende del tiempo y de la óptica partidista de quien me lea. Ahora soy conservador, algo que es tan demócrata, bueno y justo como lo contrario. Por cierto, cuando yo era progresista eso significaba la contrario de lo que hoy significa ser sanchista.
No, no estoy en el centro, estuve. No, no soy de izquierdas, fui. Eso sí, no tengo partido, no puedo avalar con mi nombre a gentes que todo lo permiten con tal de que esa política, esa actitud, esas declaraciones, vengan de su líder. Y enfatizo ese “su”. Me importa poco quien ponga en libertad a los acosadores de mujeres o a los grandes delincuentes catalanistas, simplemente eso no se hace, niño, caca, eso no se toca. Y me da exactamente igual en nombre de qué se haga. Es pura mierda, ustedes perdonen mi desahogo, con independencia de la excusa con la que se lleve a cabo.
Y me importa poco quien declare que hay que colgar por los pies, en una clara referencia a la liberación de mi segunda patria, patria adoptiva, al presidente del gobierno. Quien lo diga no merece mi respeto simplemente por haberlo dicho.
Y sus seguidores, sus secuaces, callarán y mirarán avergonzados para otro lado como ahora miran avergonzados los que callan cuando en nombre del progresismo (qué perversión de la palabra) Sánchez llama a la división social u okupa puestos clave de la Administración, mezclando partido, gobierno y Estado.
Y por ahí ya no. Abascal, el colgador, debiera pedir perdón e irse, o al menos alguna de las dos cosas, y no solo por bruto y violento, sobre todo por bruto y violento, pero también por los miles de votos que va a perder, que debería perder él, su partido y la supuesta alianza de derechas. Sí, sí, sé muy bien que el sanchismo es una apuesta por la antidemocracia, por la división y el enfrentamiento social, por dar preferencia legal y económica a las regiones más ricas y más desarrolladas, frente a la Castilla abandonada, culpabilizada y atrasada. Pero a esas barbaridades uno se enfrenta con la razón, con la palabra y sobre todo con la ley.
No se puede colgar a nadie de los pies, pero vendría bien colgar a más de uno por las neuronas. No, no se asusten, es solo una licencia literaria que me permito, no me entiendan ustedes ad pedem litterae.
Home