Les voy a contar por qué tengo la sosegada sospecha de que el sanchismo es sólo una pesada obra municipal, esa obra municipal que todos hemos padecido alguna vez, esa obra que nadie sabe cuando y por qué se produce pero que durante largos meses nos agota la paciencia, arruina la vida ciudadana y destroza los nervios.
El sanchismo es esa obra que durante una temporada infernal nos impide salir de casa por la salida natural a la ciudad, la obra que nos obliga a dar rodeos por calles estrechas y desconocidas para sortear unos trabajos molestos y cuya finalidad es generalmente desconocida, esa obra que encharca la acera y que gracias a la dulce amabilidad de los albañiles a veces puedes malcruzar saltando de puntillas de ladrillo en ladrillo, con el consiguiente peligro de caída a la húmeda y dura acera.
Tengo la sosegada sospecha de que el sanchismo es esa obra municipal que nadie parece necesitar, que todos rechazan y que durante eternas jornadas llena tu calle, tu casa y tu cuarto de estar de camiones, grúas, tractores, volquetes y hormigoneras que parecen arribar debajo de tu ventana en una cinta sinfín. Al final descubres que los únicos interesados en esa obra son los propios albañiles -oh, casualidad, todos sobrinos del ingeniero municipal, primos del concejal de obras y ruidos o enchufados del arquitecto municipal. Ese 26’7% que incomprensiblemente parece estar de acuerdo con los ruidos, las grúas, los volquetes, los tractores y las hormigoneras.
Pero al final la obra se acaba, cesan ruidos, molestias y hormigoneras y por fin llegas al trabajo en el tiempo adecuado. La obra se ha acabado, nadie sabe qué se ha hecho ni para qué pero vuelve la vida a tu casa.
Los únicos que saben para qué ha servido son ese 26’7% de sobrinos, primos y enchufados del ayuntamiento. O del Estado.
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