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El verano es una fiesta para el alma, pero un campo de batalla para el cabello. Mientras nos entregamos al sol, la playa y las piscinas, nuestro pelo sufre en silencio. El cloro, la sal, los rayos UV y hasta el viento conspiran para dejarlo seco, quebradizo y sin vida.
«El cabello en verano es como una planta sin agua: si no lo proteges, se marchita», advierte la Dra. Carolina López, tricóloga del DEMYA equipo Bojanini en Madrid y Málaga.
Pero no se trata de renunciar a los chapuzones o esconderse bajo una sombrilla todo el día. Con unos sencillos gestos —y los productos adecuados— podemos disfrutar del verano sin sacrificar la salud capilar.
El sol: un enemigo invisible (pero evitable)
Todos sabemos que la piel necesita protección solar. ¿Pero cuántas veces nos olvidamos del pelo?
«La radiación ultravioleta daña la cutícula, la capa externa que protege la fibra capilar», explica la Dra. López.
El resultado es pelo deshidratado, áspero y sin brillo. Y si además está teñido, el sol oxida los pigmentos, alterando el color y dejándolo poroso como una esponja.
El cuero cabelludo tampoco se libra. «Es piel, y puede quemarse igual que la espalda», recuerda la especialista.
Sobre todo en zonas despobladas —la raya, las entradas— donde el riesgo de quemaduras y manchas solares es mayor. En casos extremos, la exposición crónica sin protección puede derivar incluso en lesiones dermatológicas.
La playa y la piscina: aliadas traicioneras
El mar es tentador, pero la sal actúa como una lupa bajo el sol: sus cristales se adhieren al pelo y multiplican el daño solar.
«Los rubios decolorados son los más vulnerables: el cloro de las piscinas puede teñirlos de verde», comenta la experta.
La solución está en el enjuague inmediato con agua dulce tras cada baño.
Y ojo con el viento y la arena: erosionan la cutícula, dejando el pelo áspero y propenso a encrespamiento.
«Es como lijar una madera fina: poco a poco, la debilita», compara la doctora.
Kit de supervivencia capilar
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Sombreros sí, pero bien elegidos: mejor de ala ancha y tejidos tupidos (nada de gorras con rejillas que dejan pasar el sol).
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Protector solar específico: «Aplicarlo cada dos horas, de raíz a puntas, y no olvidar el cuero cabelludo», insiste López. Busca fórmulas con aceites naturales (argán, coco) y vitaminas A y E.
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Hidratación extrema: mascarillas semanales y sérums reparadores. «La queratina y los aceites vegetales son clave para reparar la fibra dañada».
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Lavados frecuentes, pero con mimo: champús suaves, agua tibia (la fría no arrastra bien la sal o el cloro) y secado al aire siempre que sea posible. «Si usas secador, que sea a temperatura media y con protector térmico».
Errores que cometemos (y cómo evitarlos)
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Dormir con el pelo mojado: Favorece la humedad prolongada y la dermatitis.
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Cepillar en seco: El cabello mojado es más frágil. Mejor desenredarlo antes del baño con un peine de púas anchas.
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Frotar con la toalla: Daña la cutícula. Presiona suavemente o usa una camiseta de algodón.
«El pelo no pide milagros, solo coherencia», resume la Dra. López.
Pequeños gestos diarios —como enjuagarse tras el baño o aplicar un aceite reparador— marcan la diferencia entre un cabello rescatable y uno que llegará a septiembre pidiendo auxilio.
Y tú, ¿ya has preparado tu defensa estival?
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