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La finalidad de la pena de cárcel

Vicente Torres 15 Feb 2007 - 18:57 CET
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Según trascendió a la prensa, nuestros constituyentes no querían que la pena de cárcel tuviera como motivación la venganza sino la reinserción de los delincuentes. Lo mejor de la Transición fue, sin duda, el espíritu que consiguió crear Adolfo Suárez. Muchas de las ideas que surgieron entonces estuvieron bien concebidas pero muy insuficientemente desarrolladas. Pretender que la cárcel sirva para reinsertar a quienes la pueblan no es más que una lejana utopía. Eso no quiere decir que algunos no lo logren, pero vienen siendo minoría. Y para los grandes criminales resulta maravilloso que los padres de la patria pensaran así. En realidad la cárcel sirve para que quienes entran no delincan mientras están dentro y para que su existencia sirva de freno a los potenciales delincuentes. Con la legislación actual, según demuestra el caso De Juana Chaos, lo mismo da matar a uno que a 25. Si le hubieran dado un poco más de tiempo, hubiera intentado batir su marca unas cuantas veces. Y ahora estaría en la misma situación, haciendo huelga porque no hay derecho a que lo tengan en la cárcel, y llenando de preocupación a Uriarte, a Ibarretxe, a Otegi, etc. La experiencia demuestra que los más infames personajes que dan con sus huesos en las cárceles no acumulan más maldad porque no pueden. No es que no se arrepienten de sus actos, es que están psicológicamente incapacitados para ello. La cárcel es un castigo duro y algunos delincuentes son buenas personas y está muy bien que las leyes y los jueces tengan miramientos con ellos y los ayuden en la medida de sus posibilidades. Pero otros han elegido el mal y disfrutan con él. Mantenerlos entre rejas es una medida profiláctica. Por otro lado, el verdadero castigo para estos elementos consistiría en que un funcionario dialogara con el reo, del mismo modo que ocurre en la novela de George Orwell, 1984, y le fuera deshaciendo todas y cada una de las coartadas morales que le llevaron a matar. Llegaría un momento, podría tardar años, en que no le cabría más opción que percatarse de su maldad, si no hubiera enloquecido por el camino. Llegado a este punto, no habría psicoterapeuta capaz de liberarle del dolor. Habría que recurrir a los fármacos. Quienes creen en la impunidad se equivocan.

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Vicente Torres

Vicente Torres es coautor, junto con Rafa Marí, de ‘1978. El año en que España cambió de piel’, y autor de ‘Valencia, su Mercado Central y otras debilidades’, ‘Yo estoy loco’, ‘Diario de un escritor naíf’, ‘El Parotet y otros asuntos’, ‘2016. Año bisiesto’ y ‘Aceptar el destino’. Ha participado en los libros colectivos ‘Tus […]

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