Lo explica primorosamente el profesor Rafael Fontán en su blog. El título que ha dado a su artículo es altamente significativo: el proceso penal como mamporro. Aunque conviene leer todo el artículo, me permito seleccionar este texto:
“Me refiero a individuos que, con la inexplicable e injustificable colaboración de nuestros tribunales (¡el TSJM hace una nota pública!), vieron mancillar su honor, enterrar su buen nombre y sufrir el odio y la persecución mediática de los justicieros de turno.”
Como es sabido, Alberto Martín, el marido de Lydia Bosch, tuvo que pasar una noche en el calabozo, a resultas de una denuncia de ella, en la que se le acusa de haber abusado hace cinco años de una menor, hija suya y de su anterior marido. Fue liberado, sin que se decretara la orden de alejamiento que pedía la denunciante.
Nos hemos enterado también, puesto que los abogados de Alberto Martín han emitido un comunicado, de que Lydia Bosch ya había iniciado los trámites del divorcio a mediados de abril y también de que los supuestos abusos sexuales tuvieron lugar hace cinco años. Al parecer, el padre de la joven de la que supuestamente abusó el denunciado va a presentar su propia demanda.
Es posible que todo quede en nada y que las cosas vuelvan al punto en que estaban antes de la denuncia. Tendrán que se los tribunales de justicia los que decidan este punto. Pero eso será en cuanto a la situación legal. Lo que nadie va a quitar a Alberto Martín, en el caso de que sea así, será el estigma que, sin duda, le va a quedar. Hay gente que disfruta haciendo daño, sea a quien sea, y aprovecha cualquier circunstancia para ello. Las personas, en teoría, más responsables deberían evitar que existiera esta posibilidad y, llegado el caso, intentar evitar toda publicidad.
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