Sobra decir que tanto vale la vida del pobre infeliz sin rostro que muere ahogado o de frío tras embarcarse en una patera en busca de algo a lo que se le pueda llamar futuro como la de alguien como Glenn Ford, que falleció recientemente rodeado de cariño y admiración en un hospital de lujo. Pero sería de necios no reconocer que la repercusión no es la misma, y que hay muertes y muertes.
El pasado viernes abandonó este mundo, víctima de un cáncer, el realizador bonaerense Eduardo Mignogna, conocido y reconocido en todo el mundo como uno de los autores más importantes de habla hispana que han existido. Murió trabajando y sin hacer ruido, tal y como había vivido.
Se encontraba en plena preproducción de lo que iba a ser su próxima obra, La Señal, protagonizada por Ricardo Darín (una de las figuras claves de siempre en su obra), Diego Peretti y el español Javier Bardem, que no suele trabajar precisamente con cualquiera. Se desconoce todavía si la cinta llegará a rodarse como homenaje póstumo a su creador.
Mignogna era un melancólico y honesto retratista de pequeños grandes momentos de la realidad humana; narraba con extraordinaria sencillez historias emotivas sin aditivos ni caras a la galería de tentadora lágrima facilona. Preciosista en sus trabajos que llegan al corazón y demuestran que no hay nada como la claridad mental y la valentía de contar algo de verdad para que el espectador se sienta identificado: todo lo demás son milongas, vengan de Argentina o de Honolulu.
Ganador de tres premios Goya (1997, 1999 y 2001), con sus cintas Sol de otoño -que lo dio a conocer fuera de su país-, El Faro y La Fuga, Mignogna fue el primer cineasta que filmó la vida de Evita Perón (Evita, quien quiera oír que oiga), en 1984, sólo un año después de la salida del país de la dictadura. No era muy amigo de los periodistas y entendidos cinematográficos a quienes señalaba con buen criterio como capaces de aupar o devastar una película no siempre de forma desinteresada, y prefería “no ser rehén de la crítica”.
En una ocasión, en la promoción de El Viento, el último trabajo que estrenó allá por 2005, dijo que hacer ese film había supuesto para él como alcanzar el cielo con las manos. Entonces, un periodista le preguntó: “¿Después de que se llega a ese punto, cómo se sigue?”, a lo que él respondió: “¿Y quién dijo que el cielo es el límite? Vamos a ver qué hay más allá…”.
Tras 66 años de acompañarnos con su sencillez, muchos de ellos fabricándose el reconocimiento y la relevancia de la noticia de su muerte, Eduardo Mignogna estará ahora explorando lo que hay más “ashá” de su cielo argentino. Ojalá le vaya bonito.
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