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GAL: La parodia nacional

Juan Carrasco 13 Nov 2006 - 20:40 CET
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A finales de 2004, Miguel Courtois sorprendió a España con su interesante visión de El Lobo, en la que Eduardo Noriega interpretaba al hombre que se infiltró en ETA, asestando a la banda terrorista desde dentro el mayor golpe que ha recibido. Tiene “boulles” que con la cantidad y calidad de cineastas que tenemos en este país, tenga que venir un francés (medio francés cuando menos) para ofrecernos en la gran pantalla un vistazo histórico a nuestra mayor lacra y vergüenza internacional -y no es que andemos precisamente escasos de estas últimas-. Pero bueno, no puede uno más que patalear, porque siendo justos, la cinta le quedó al dúo Curtois-Noriega bastante apañada; además, así nos evitábamos una visión interna mucho menos objetiva, “cualidad” muy hispana también.

Como el film tuvo un tirón bastante mayor del esperado, era cuestión de tiempo que de la mano de los creadores de El Lobo (a bombo y platillos en todos los anuncios publicitarios), e intentando descaradamente subir a la estela de ésta, llegara a las pantallas de los cines un proyecto como GAL.

Pero publicidad no es igual a calidad (por mucho que se trabajen que lo parezca), y esta incursión en la historia de la investigación de dos periodistas españoles de los entresijos del Grupo Antiterrorista de Liberación, que en su guerra sucia contra ETA cometió contra el entorno de la banda criminal más de 30 atentados, no ha salido en absoluto igual de bien que el anterior trabajo relacionado. La idea no es mala, y a ratos se muestra entretenida, pero cuenta con inconvenientes de bulto. Ya de primeras, todo gancho para el público compuesto por el grandilocuente recurso manido y desgastado “lo que sea: La película”, ya da mala espina.

Principalmente lamentables son las actuaciones de los actores en general, y en particular los protagonistas por la responsabilidad de serlo. Ni el también francés José García, ni Natalia Verbeke parecen remotamente, no ya periodistas, sino algo que insinúe un mínimo de naturalidad. Con interpretaciones de obra de teatro del instituto (siendo injusto con los institutos), es más que difícil ver realidad y ser cómplice de la tensión argumental, a la que tampoco favorece, por cierto, la estridente música de telefilm barato de suspense. De risa a carcajadas se antoja ese Presidente del Gobierno con acento sevillano más falso que un político en campaña electoral. Jordi Mollá, que parece un tipejo esperpéntico, estereotípico y sobreactuado en sus ataques de histeria, curiosamente resulta a la larga lo más convincente del plantel, ya que, al menos, le otorga a su álter ego una personalidad claramente definida, y tiene toda la gracia, dicho sea de paso.

En un principio, la intención parece que era la de relatar una historia de ficción (con libertad narrativa) basada en personas reales, pero es un producto manipulado y tramposo el que se ha vendido, porque lo que se ha intentado es mimetizarlo todo para que se nos antoje real como la vida misma, utilizando nombres de empresas auténticas como Diario16 o El Mundo. Así que si no se ha llamado a las cosas (más bien a la gente) por su nombre, es porque no se puede uno arriesgar a la demanda de los verdaderos protagonistas de lo que en esta cinta está contado con una suma de conjetura e invención mayor que el porcentaje de rigor. Juzguen ustedes mismos.

Dirección: Miguel Courtois. Guión: Antonio Onetti. Países: España y Francia. Duración: 111 min. Intérpretes: José Garcia (Manuel Mallo), Natalia Verbeke (Marta Castillo), Jordi Mollà (Paco Ariza), Ana Álvarez (Soledad Muñoz), Mercé Llorens (Gracia), Abel Folk (Pablo Codina), Miguel Hermoso (Antoine), Música: Francesc Gener. Fotografía: Carlos Suárez.

Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión «Fila 7» en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal «El Cine en la Onda». Confeso seguidor de Neil Gaiman, del Clint […]

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