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Ángeles y Demonios

Juan Carrasco 10 Ene 2007 - 19:16 CET
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Sin noticias de Dios

Agustín Díaz Yanes es posiblemente el cineasta menos español conceptualmente hablando del panorama cinematográfico de este país. Su visión macroscópica de los proyectos lo acerca mucho al “american style”, y lo separa del canon estándar patrio.

Es un incondicional de la ficción de entretenimiento amable (que no dulzona, porque otra de sus características es el constante retrato de la crudeza de personajes caracterizados por su relativismo moral), de espectadores en la cola del cine sin necesidad de reivindicaciones políticas o sociales. Sólo entretenimiento bien entendido, sin mensajes profundos y más preocupado de la estética y de que el guión funcione con agilidad que de que los protagonistas den mucha pena por lo inadaptados y excluidos que se encuentran en la sociedad. Ni bueno ni malo; sólo distinta forma de concebir el cine que lo que acostumbramos en España. Quizá por eso fue el elegido para acometer la empresa que supuso Alatriste, el flamante éxito de taquilla y mayor presupuesto de la historia del cine en nuestro país.

En 1995 sorprendió a todo el mundo con una ópera prima como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, thriller impactante con una portentosa Victoria Abril y siete Goyas debajo del brazo. Después, apoyándose en un considerable incremento de presupuesto gracias al prestigio logrado, estrena seis años después la mordaz Sin noticias de Dios, una comedia arriesgada sobre la lucha eterna entre el cielo y el infierno, mucho más compleja y moderna de lo que uno puede esperar de un tema tan antiguo como la vida misma. La película despliega medios e imaginación para huir de convencionalismos, y nos sitúa el cielo rodado en blanco y negro en un París bucólico y glamouroso dirigido institucionalmente por Fanny Ardant (glamour francés de mediana edad; no podía ser de otra forma), que contrasta con un infierno situado en un Nueva York que parece salido de una cinta de Tarantino (con todos los fucking fucker fucks del mundo incluidos), por el que se mueve como pez en el agua un diablo trajeado y moderno encarnado estupendamente por Gael García Bernal: do it with style, como pontifica el letrero que él mismo luce en su camiseta (personaje absolutamente genial; de los mejores, mas irónicos y delirantemente serios diablos que he visto en el cine). Ambos bandos entrarán en conflicto -qué raro, ¿verdad?- por la consecución del alma de Manny, un boxeador de segunda fila encarnado (casi literalmente) de forma excepcional por el mejicano Demián Bichir, completamente entregado a su personaje. La pugna por la condenación o salvación del alma de este pobre diablo correrá a cargo de dos enviadas especiales a la tierra, una de cada facción: nada menos que Victoria Abril por parte del cielo, que se hará pasar por esposa de Manny, y el “diablillo” Penélope Cruz, en un papel igualmente lucido. Espectacular “combate interpretativo” cuyo resultado será el de empate técnico.

Díaz Yanes plantea al margen de lo convencional con habilidad en la dirección, gran banda sonora y mejor coreografía (no se pierdan la canción de Victoria Abril y el bailoteo de la Cruz) una visión, si bien no redonda, bastante fresca y divertida de la ambigua lucha entre el bien y el mal; siempre desde el punto de vista más humano y, por supuesto, con sentimientos y sorpresas de por medio.

Dirección y guión: Agustín Díaz Yanes. Año: 2001. Intérpretes: Penélope Cruz, Victoria Abril, Demián Bichir, Gael García Bernal, Daniel Giménez Cacho, Fanny Ardant, Emilio Gutiérrez Caba, Cristina Marcos, Elsa Pataky. Producción: Eduardo Campoy y Gerardo Herrero. Música: Bernardo Bonezzi. Fotografía: Francisco Femenia. Montaje: José Salcedo. Dirección artística: Javier Fernández.

Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión «Fila 7» en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal «El Cine en la Onda». Confeso seguidor de Neil Gaiman, del Clint […]

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