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El incendio de un hombre

Juan Carrasco 05 Feb 2007 - 17:19 CET
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Por Iván Torres

Era un lienzo; un lienzo plasmado en el aire impasible, que lo mantenía petrificado en la mañana fría, espesa. Parecía pintado con una ceniza húmeda, ceniza surgida de su propio incendio, y restregada por una mano divina. Mano cansada, sin ganas.

Un hombre de barbas y pelo canoso, sentado en el desconchado banco de hierro de la plazoleta en la que las verduleras gritaban sus precios, más baratos que ninguno; a sus pies, meneando el rabo (rastro único de vida), un perro sin raza y canijo, de color canela, de mirada gacha; y pegado a él, una mochila gris y puerca, agujereada como una colmena, sólo que en vez de miel, seguramente, aunque no con certeza, albergaría ropa vieja o alguna cochambrosa radio.

Así todas las mañanas, de sol o nubes, de frío o de fuego; no importaba. Allí siempre perduraba aquella pieza de museo, aquella obra maestra desconsolada y mustia; vista, quizás apreciada, pero jamás vivida. Pocas almas se romperían contemplándola, pero la mía se quebraba en cientos de pedazos, helados como el hielo triturado de un cóctel.

No sabía su nombre, ni su voz, ni su mirada. Ésta siempre vagaba por ahí perdida, apartada de los días, probablemente viendo cosas que allí no se veían. Y tampoco nadie supo decírmelo: ni los otros mendigos del barrio, esos mendigos de siempre, de suelo y vino; ni las vecinas, ni el lotero que simulaba ceguera en la esquina. Nadie.

Una mañana me senté en un banco frente a él. El sol doraba mi rostro y yo jugué a imaginar sus recuerdos. Imaginé que había sido un hombre sin suerte; que había ido deambulando por la vida de trabajo en trabajo, de portazo en portazo, apechugando un no tras otro; que una vez tuvo novia, de joven, cuando aún no era más que un mozuelo avispado y bizarro, y que un día ella se cansó de él, de su fracaso, de su inmensa nada, de su amor ausente. Y sin mujer, ni hijos, ni trabajo, fue resignándose poco a poco, hasta ya no poder más, hasta que una mañana llegó a aquel banquito, el de ahí delante, y dejó de ser, y de mirar, y se abandonó a su irrevocable final.

Día tras día me sentaba en el mismo banco y me inventaba su pasado…

Un día, su familia fue fusilada en la Guerra Civil por la traición de un familiar franquista, que no toleraba rojos, y él, que era niño y no entendía de colores, se escapó y fue a parar a un orfanato, y después a la calle, y después a las calles de otros lugares, y nunca las abandonó. Otro, fue un importante hombre de negocios que tuvo una pésima idea, tan solo una, pero que fue suficiente para condenarlo perpetuamente. O un buscador de oro que no halló más que ruina, o un niño de sangre azul sin afán de riquezas ni lujos, y que renunció a todo por una mochila gris, un perro que meneaba la cola incansable, y un poquito de paz diaria, que muy bien va para la salud.

Una vez le creé un amor, uno de esos que pierden, de esos que arañan las entrañas hasta producirles una herida sangrante, que no cesa, jamás en la vida. María, de rojizo pelo con tirabuzones perfectos, de piel cremosa espolvoreada con pequitas de ardiente lava, de ojos asesinos. Yo la imaginé, y la vi, allí mismo, junto al mendigo, con un vestido verde hierba, perfumando el respirar de todos. Agarraba su mano, susurrándole perdón al oído, que él era su amor, el único, que el otro fue por lo que fue, que la familia es la familia y eso tenía que comprenderlo. Yo la vi, tanto que incluso pronuncié su nombre: “María”. El mendigo se percató de mi delirio y alzó la vista.

Me miró, se clavó en mí.

Sus ojos me amordazaron, me torturaron, y el dolor en el alma me hizo encoger. “María”, dijo al viento, con voz trémula. Entonces se levantó, por primera vez en mucho tiempo, y se dirigió a la tienda de comestibles de Mariano. A los pocos minutos regresó. Portaba un cartón de vino, barato y feo.

Ese fue mi último recuerdo suyo, o su último recuerdo mío.

Para qué saber el pasado, pensé, si ya se conoce el futuro.

Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión «Fila 7» en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal «El Cine en la Onda». Confeso seguidor de Neil Gaiman, del Clint […]

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