Por León Ocaña
Se encontraba solo, muy solo, sentado en los escalones de la puerta de entrada al hospital, con la mirada perdida, tratando de asimilar que su corazón acababa de romperse sin remedio, y ya nada volvería a ser igual; su mundo estaba desmoronándose y quedaría anclado en este día para siempre.
Era su amigo, su socio, su cómplice, desde el mismo día en que nació y lo tomó en sus brazos. Sus miradas se cruzaron y se fundieron sus almas en una sola. Poseían edades tan dispares como pueden ser las de un abuelo y su nieto, pero nada de eso importó hasta el fatídico día en que su carrera juntos se acabó cuando se encontraban a medio camino de la meta.
“Moriré el día que pierda la fuerza de mis brazos”, había fanfarroneado siempre el viejo león, y sin embargo, aquellas palabras a las que estaba acostumbrado no le hicieron sospechar de la grave realidad de un anciano con ochenta años que agotan a cualquiera. Hacía poco tiempo que aquellos antaño fuertes brazos no eran capaces de levantar pesos considerables, pero la parte joven de aquella sociedad inquebrantable lo achacó a la desafortunada caída doméstica que había dado lugar a algún hueso roto (el dichoso tren inferior siempre fue su punto débil), pérdida temporal de movilidad y los dolores comprensibles. Nada de lo que preocuparse, se decía mientras esa mañana se dirigía caminando a hacerle una visita y obligar a aquel ser testarudo a comer algo.
Aprovechaba para reflexionar por el camino, ya que había decidido acudir a la cita con su abuelo dando uno de sus largos paseos en los que disfrutaba de su propia soledad.
Estaba enfadado con él porque ya no hacían todas esas cosas juntos, porque se había vuelto descuidado y terco, porque ya no parecía divertirse como antes y, sobre todo, porque su subconsciente le decía que no soportaría una vida sin él. Sí, su verdadero problema (ahora era capaz de reconocerlo) eran los ojos asustados que se clavaban en él pidiendo ayuda cuando los enfermeros lo conducían a la ambulancia, los mismos ojos que nunca habían temido nada, azulados por la edad, y que ahora no reconocía en el titán caído. Debido al nudo en el estómago que aquello le producía, hacía un par de días que no iba a verle al hospital, a leerle un rato, a hacerle compañía; simplemente estar con él, que era lo que sabía que siempre le había hecho pensar a su abuelo que la vida en común con su cachorrillo era lo que hacía que su propia vida tuviera aún algún proyecto pendiente. Esa mezcla de enfado, remordimiento y dieciocho años de envidiable juventud le llevaban atormentando varias horas, y había hecho el firme propósito de mostrarse más paciente y comprensivo con el convaleciente, que sin duda le necesitaba.
Iba a lograr que todo volviera a ser como siempre. Se iba a recuperar; volvería a ser su compañero de vida y patriarca de presencia arrolladora. Se iba a encargar personalmente de todo ello.
Con la extraña paz que le provocaban esas ideas y su paseo en solitario, llegó al hospital con energías renovadas. La preocupación era mucho menor y una estúpida sonrisa le decoraba el rostro.
La habitación trescientos siete había quedado vacía precisamente en el tiempo que duró ese paseo. El médico aseguró que, pocos minutos antes de llegar él, su abuelo se había cansado de vivir.
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