Por Iván Torres
El poeta y el amigo fueron a la guerra; porque elegir, por un motivo u otro, no pudieron. El poeta consigo llevó una pluma; el amigo, un fusil.
La guerra era una guerra cualquiera, que sucedió en algún año que no se sabe y en algún lugar que no importa. Absurda, inútil, descabellada; como todas las guerras de la historia.
Cuando las primeras bombas quebraron el sosiego de la noche y las primeras lágrimas salaron tristemente el aire, el poeta y el amigo no consintieron esperar tan solo, y partieron, cada cual con su bando, a las batallas, que los reclamaban a susurros y gritos.
No se sabe, tampoco, a qué bando pertenecía cada uno.
El poeta escribió y murió; el amigo vivió y mató.
Antes, ambos vieron la muerte, en cada esquina acechando; palparon la sangre que era caliente pero helaba; escucharon chillidos, muchos chillidos, y el horrible ruido de los disparos, que iba directo a los pulmones y los detenía súbitamente, y no te permitían respirar. Vieron también gélidos corazones que no latían, y miradas que se tornaban huecas porque se habían esfumado, y llantos eternos que no callaban, de esos llantos de suspiros encogidos y extraños tembleques.
Cuando ya no pudo ver ni escuchar más, el poeta, con la punta de su pluma, pluma de blanca paloma que tuvo cuando chico, se abrió las venas, y dejó que su vida se fuera volando hacia algún lugar, recóndito, perdido; lejos de todo lo que había visto y escuchado.
Mientras su respiración se agotaba, el poeta iba mojando la puntita de su pluma en la sangre tibia, y escribiendo lo que su alma dictaba en una cuartilla sucia y algo estropeada que guardaba en un bolsillo.
Un poema; veintitrés versos, como años él vivió. Cuando acabó, sin nombre, lo lanzó al viento.
Era un día de mucho aire y la cuartilla se alejó danzando a su compás.
El amigo, durante sus días de guerras, persiguió y fue perseguido, se arrastró, se asustó, se aterró, se cagó y meó encima; después, a medida que la guerra avanzaba, se fue haciendo amigo de su valiente fusil, que nunca lo abandonó ni traicionó, que le fue leal de principio a fin, y disparó, balas, muchas balas; y mató de cerca, hundiendo su cruel bayoneta en los pechos de los hombres, contemplando a un palmo de distancia los rostros bañados de barro y odio, que se iban apagando hasta quedar, finalmente, inertes.
Quitó vidas, muchas o pocas, y poco a poco se fue percatando de que donde antes estaban los intestinos y el corazón y el estómago, ahora ya no sentía nada.
Al principio eso le preocupó; luego fue cogiendo el sueño…
Algunos días después de que el poema se fuera bailando con el aire, llegó a unas manos, y estas, tras leerlo, y llorar y despertar, de nuevo lo lanzaron al viento, que consigo lo volvió a arrastrar.
Y así fue, de mano en mano, arrancando lágrimas y despertando voces dormidas, tatuándose en algunas almas que por ahí erraban, uno a uno, los veintitrés versos.
Así, años y años y años…
Cuentan, los que entre sus dedos tuvieron la copia original, la que estaba escrita con la sangre de las venas del poeta, que su calor seguía intacto, que aún quemaba. La sangre estaba caliente, la sangre estaba viva.
Después, alguien lo guardó en un cajón y no se lo entregó al aire; con él especuló, lo vendió a algún señorito de bien y se enriqueció asquerosamente.
Pero algunas copias ya se habían hecho, y aunque no eran de sangre sino de tinta, continuaron su tarea, de mano en mano, de boca en boca, de abuelo en nieto y amigo en amigo y poeta en poeta.
Al amigo del poeta también le dispararon, pero nunca le dieron y, una vez terminada la guerra, le otorgaron el permiso para regresar con la familia. El amigo, pese al permiso y la alegría de la familia, jamás volvió.
La primera muerte, de las suyas, quizás, o la primera fuga de palabras; no sabía muy bien el instante preciso a partir del cual, el amigo, ya nunca podría regresar a casa.
Cuando murió, ya de viejo y agonizando, su hija le halló en el rostro una extraña expresión de alivio.
El poeta y el amigo fueron a la guerra, y en ella murieron.
El poema de veintitrés versos del poeta nació en la guerra y voló en la paz, junto a muchos otros poemas de otros lúcidos poetas que se iban uniendo poco a poco, con sus alas de blancas plumas, meciéndose en el aire hacia algún lugar recóndito, perdido, lejos; en una búsqueda perpetua.
Las balas del amigo quedaron en ningún lugar, cubiertas de sangre reseca y podridas por el paso del tiempo.

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