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Séptima cohorte

Juan Carrasco 18 Jun 2007 - 15:28 CET
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Por León Ocaña

Tengo miedo; mucho. Me avergüenzo de mí mismo por ello. No soy digno de portar el estandarte del Emperador del mundo. Sin embargo no puedo sobreponerme a esa sensación, y sólo he sido capaz de enmascarar mis sentimientos a los legionarios que forman impecables detrás de mí, sujetando firmemente sus pilums con el semblante muy tenso. Pobres: les compadezco. La séptima es una cohorte de reclutas jóvenes e inexpertos, y deben de estar pasándolo aún peor que yo. Para colmo, empieza a llover de nuevo, como si en esta tierra demoníaca no hubiera bastante con la eterna niebla que te cala hasta las entrañas.

Soy Tito Erano, centurión del ejército de Claudio, provengo de una familia influyente y soy respetado en mi hogar. ¿Por qué me ha abandonado Júpiter? ¿Por qué yo? Apenas tengo experiencia fuera de Roma, y los azares del destino han hecho que el general Aulus Plautius en persona haya escogido mi unidad como una de las que integraran el ejército que le acompañará en la gloria de la invasión de Britania. Y aquí estoy, en misión de reconocimiento, con apenas quinientos hombres en la linde de uno de los cientos de poblados bosques de esta región, fingiendo superioridad con la mayor dignidad posible… y esperando. Odio esperar; es el peor momento de la batalla: no saber si vas a entrar en combate o no, prepararte para morir (nunca se me ha dado bien esa parte), pensar en tu familia, en tu honor… ¿cómo te recordarán si mueres?, ¿estaré a la altura de mi posición? Prefiero ni pensar en eso, y para disipar nubarrones en mi mente me entretengo repasando la cara de mis legionarios, la mayoría notablemente nerviosos (más por cada momento que pasa). Decido volver a mirar al frente para no inquietarles (e inquietarme) más, y sigo con la agonía de la espera.

Hace ya un tiempo prudencial que envié a un par de emisarios para comunicar a los bárbaros mi deseo de parlamentar. Deberían estar a punto de volver. Espero que se rindan pacíficamente ante lo que se les avecina. Cómo odio a estos animales siempre enfurecidos que sólo saben babear en idiomas indignos y luchar como fieras. Pero me ha informado mi avanzadilla de que este inesperado grupo de resistentes que no deberían estar por esta zona es inferior en número y se verá sorprendido por nuestra presencia. Todo marcha bien y quizá vuelva al campamento del sur llevando un valioso botín en forma de prisioneros.

“Tú y tú”, dije completamente al azar, señalando con mi gladius a dos de los que formaban en la primera fila. Uno tenía planta de fornido curtidor o herrero, o algo parecido: canoso, corpulento, semblante sosegado y mirada de resignación, pero con fuerza interior. El otro se parecía a mi sobrino; me arrepentí de señalarlo nada más hacerlo, pero no podía mostrar la más mínima duda, así que me mantuve firme e inescrutable lamentándome por mi mal tino: el joven muchacho era delgaducho, moreno de pelo y tez, barbilampiño y, asustado como un conejo, apretaba las rodillas una contra la otra para que no se le notara que le estaban temblando las piernas. “Vosotros iréis a decirle a su jefe que estoy aquí dispuesto a parlamentar: ¡daos prisa!”. Y todavía no han vuelto, los condenados…

¡Cochina tierra de rufianes malolientes! ¿Esta gente no sabe lo que quiere decir parlamentar? El ataque a traición desde el flanco derecho me dice que me he equivocado suponiéndoles honor. Que Minerva nos asista…

Juan Carrasco

Éste homínido ceutí es crítico de cine desde hace años en el diario El Faro de Ceuta, así como responsable del espacio cinematográfico y de opinión «Fila 7» en la web www.ceuta.com y colaborador en la emisora de radio Onda 0 con su sección semanal «El Cine en la Onda». Confeso seguidor de Neil Gaiman, del Clint […]

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