Pasada la resaca de la sucesión de los estrenos señalados como los mejores de un año que ha acabado siendo realmente satisfactorio por la cantidad de trabajos con notable calidad, llega la hora de volver a la fría realidad de lo menos excelso, no siempre desechable, y de vestirse de explorador para escarbar en la cartelera en busca de emociones, evasión, entretenimiento o lo que quiera que cada uno le saque de positivo al sano ejercicio de pasar un rato en el cine. Precisamente puede que tenga alguna influencia esa comparación con los pesos pesados del curso cinematográfico pasado la defenestración sin paliativos a la que la cinta que nos atañe ha sido sometida por la crítica, en especial medida la estadounidense, lo que resulta más llamativo; sin embargo, la opinión del que suscribe es algo más comprensiva, reconociendo de igual manera tanto los burdos defectos de la producción como ciertos toques “aventurescos” a lo Robin Hood, príncipe de los ladrones agradables de seguir durante el nudo de la historia.
Dominic Sena (Sesenta segundos, Operación Swordfish, Whiteout) es el firmante de un trabajo que centra un argumento simplón, con diálogos pueriles y en algunos casos de trazo grueso, en un ambientillo de tensión e interés focalizado en un pequeño grupo de aventureros que escoltan a una muchacha acusada de brujería en un peligroso viaje con destino y motivos que no deberán ser desvelados en estas líneas.
El reparto está encabezado por un Nicolas Cage más cercano al de El motorista fantasma que al de Leaving Las Vegas o El Señor de la Guerra, luciendo apatía y una melenita casi tan poco afortunada como la de Javier Bardem en No es país para viejos. El citado Cage, junto a Ron Perlman interpretando al amigo fiel, son dos guerreros huidos de las cruzadas a los que les encargan la pía misión. Por el tortuoso camino se irá mascando tanto la tensión como la tragedia, y el interesante transcurso de los acontecimientos desembocará en un desenlace pirotécnico con efectos especiales que bien se podrían haber ahorrado por carecer del mínimo exigible.
No obstante la aceptable hora y media de metraje, si bien deja sensación de indiferencia y entretenimiento pasajero, no llega a permitir que aquellos que se acerquen a la sala de cine con los cuchillos afilados lleguen a utilizarlos, dejándolos no muy lejos para ser usados quizá en una próxima película de Jim Carrey o Renee Zellweger.
Con todo, es de justicia resaltar que la excusa oficial (seguramente bien fundada) para que esta película no dé para más es un bajo presupuesto que, siendo ciertamente bajo para una de época con efectos, cuenta con cuarenta millones de dólares, y una cinta criticada en su día como Alatriste, que salió infinitamente mejor, fue respaldada con veintidós millones de euros (el mayor montante para una cinta española, así está el asunto). Y es que habría que ser un poco más justos a la hora de mitificar algunas cosas y meterse con otras por definición…
Dirección: Dominic Sena. Título original: Season of the witch. Duración: 95 min. Intérpretes: Nicolas Cage (Behmen), Ron Perlman (Felson), Stephen Campbell Moore (Debelzaq), Claire Foy (la chica), Stephen Graham (Hagamar), Ulrich Thomsen (Eckhart), Robert Sheehan (Kay), Christopher Lee (cardenal D’ambroise). Guion: Bragui Schut. Producción: Charles Roven y Alex Gartner. Música: Atli Örvarsson. Fotografía: Amir Mokri. Montaje: Dan Zimmerman y Mark Helfrich. Vestuario: Carlo Poggioli.
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