Tras hablar hace apenas dos semanas de la desaparición del gran James Earl Jones, da la incómoda sensación de tener la cita con el respetable más de necrológica que de entretenimiento audiovisual; sin embargo, las cosas vienen como vienen, especialmente la caprichosa muerte, que es la única que hace lo que le da la reverenda gana, y no por el hecho de repetir temática vamos en esta columna a obviar la malísima noticia del fallecimiento a los 89 años de Maggie Smith este pasado día 27. Realicemos con este recuerdo desde aquí el merecidísimo homenaje que su enorme figura en mundo de la interpretación merece de sobra.
Pero lo que al público le hará poner cara a Maggie Smith no serán los oscars que ya quedan demasiado lejos en el tiempo, sino la popularidad de haber encarnado a dos personajes inolvidables: la profesora Minerva McGonagall en las ocho entregas de la saga de Harry Potter y también a la condesa viuda de Grantham en la popular Downton Abbey, la gran Dama de Hierro de la serie, todo un fenómeno de fans entre los que me incluyo, la salsa de la misma, el humor más mordaz y distinguido, y sin la que ésta no sería lo mismo. De hecho, el capítulo largo para la gran pantalla en el que se ponía punto y final a la historia, tenía como epicentro la desaparición de la abuela como elemento de punto de inflexión y elemento dramático cumbre. A estas alturas quien no se sepa el final de una serie más que conocida, tiempo de sobra ha tenido.
Pero Smith también fue la señorita Bowers de Muerte en el Nilo (John Guillermin, 1978), la prima Charlotte en Una habitación con vistas (James Ivory, 1985) o la Wendy envejecida de Hook, el capitán Garfio (Steven Spielberg, 1991). ¿Se acordaban de esa? Tras ese papel ya siempre hizo de persona de avanzada edad en la pantalla, como un año más tarde demostraría su papel como madre superiora en Sister Act (Paul Rudnick). También fue la condesa de Trentham en Gosford Park (Robert Altman, 2001).
Ella misma reconocía que el papel en la saga de Harry Potter le había cambiado la vida, aunque no estaba del todo segura de si había sido para bien. “Mucha gente pequeñita empezó a decirme hola. Esas películas me hicieron muy famosa, aunque no estoy muy feliz por ello. Constantemente tengo a niños pidiendo que les convierta en gato”, son palabras textuales de esta gran dama de la escena con un sentido del humor único. “No seas así de derrotista, querida. Es tan de clase media”, sentenciaba con pasmosa naturalidad su personaje de Downtown Abbey, en una de esas frases lapidarias de marca registrada y que seguramente resumen el espíritu con el que la actriz hubiese querido que recordásemos su vida para anunciar su muerte.
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