Llamarme “colono” en Judea es una obscenidad histórica
Por Bernardo Abramovici Levin
Hay mentiras políticas.
Hay mentiras ideológicas.
Y después hay una de las obscenidades intelectuales más grandes de nuestro tiempo: llamarme “colono” a mí, judío, en la Tierra de Israel.
No es un error inocente.
No es una confusión académica.
No es una diferencia honesta de interpretación.
Es una inversión deliberada de la verdad.
Porque yo, como judío, no aparecí en esa tierra por accidente.
Mi pueblo no llegó en barcos imperiales.
No desembarcó como brazo de una metrópoli extranjera.
No fue enviado allí por un imperio para explotar una tierra ajena.
Mi pueblo nació allí.
Mi lengua nació allí.
Mi memoria nacional nació allí.
Mi civilización nació allí.
Mis reyes nacieron allí.
Mis profetas hablaron allí.
Mis himnos se cantaron allí.
Mis templos se levantaron allí.
Mi calendario se ordenó allí.
Mis juramentos, mis duelos, mis guerras, mis plegarias y mi conciencia colectiva nacieron allí.
Israel no fue una invención moderna.
Fue el lugar donde mi pueblo se convirtió en pueblo.
Por eso me resulta tan grotesco que este siglo XXI, tan obsesionado con la palabra “indígena”, haya terminado cometiendo una de las falsificaciones más vulgares de la historia:
transformar al único pueblo indígena continuo de la Tierra de Israel en el “ocupante” de su propia cuna nacional.
Yo no “llegué” a Israel.
Yo volví.
Y esa sola verdad destruye toda la arquitectura propagandística que intenta presentar al sionismo como colonialismo europeo.
Porque el colonialismo consiste en una potencia extranjera que se expande sobre una tierra ajena para dominarla, administrarla y explotarla desde un centro imperial distante.
Eso hicieron los imperios.
Eso hicieron los conquistadores.
Eso hicieron los colonizadores reales.
Pero mi pueblo no tenía imperio.
No tenía metrópoli.
No tenía una capital europea desde la cual gobernar una periferia oriental.
Tenía algo muy distinto:
dos mil años de exilio, persecución, expulsiones, humillaciones, pogromos, guetos, conversiones forzadas, masacres y finalmente crematorios.
Y aun así, nunca soltó la tierra.
Nunca dejó de nombrarla.
Nunca dejó de llorarla.
Nunca dejó de rezar hacia ella.
No conozco otro pueblo en la historia que haya sostenido durante dos mil años una relación nacional, espiritual, lingüística y civilizatoria tan obstinada con una misma tierra.
No conozco otro pueblo que haya rezado hacia su patria tres veces al día durante siglos.
No conozco otro pueblo que haya hecho de esa tierra el centro de su liturgia, de su duelo, de sus bodas, de sus entierros y de su esperanza histórica.
Mientras otros pueblos recuerdan un origen,
mi pueblo jamás dejó de vivir en él, incluso cuando fue expulsado de él.
Jerusalém no fue para nosotros una nostalgia arqueológica.
Fue una coordenada viva.
Y ahí está el corazón de la gran mentira moderna:
pretenden tratarme como un recién llegado en la única tierra del mundo donde jamás fui un recién llegado.
La gran estafa moral del discurso contemporáneo
Yo veo con absoluta claridad la hipocresía del progresismo internacional.
Ese mismo progresismo que vive hablando de pueblos originarios, memoria histórica, descolonización e indigeneidad, colapsa intelectualmente cuando se encuentra con el caso judío.
Porque si aplicara a mi pueblo los mismos criterios que aplica en cualquier otro conflicto del planeta, tendría que admitir algo insoportable para su narrativa:
que los judíos somos originarios de la Tierra de Israel.
Y una vez que eso se admite, se derrumba la ficción del “colono blanco europeo”.
Entonces aparece el truco.
Cuando se trata de nosotros, de pronto:
• la historia antigua “ya no cuenta”,
• la continuidad cultural “ya no alcanza”,
• la memoria nacional “ya no vale”,
• la expulsión “ya prescribió”,
• y la indigeneidad “caducó”.
Qué curioso.
Solo al judío se le exige que su condición originaria tenga fecha de vencimiento.
A nadie se le ocurriría decirle a otro pueblo originario del mundo:
“Sí, ustedes nacieron ahí, fueron expulsados por imperios, conservaron su lengua, su religión, su memoria y su identidad por siglos… pero como pasó demasiado tiempo, ya no cuentan.”
Sin embargo, eso mismo se nos dice a nosotros con una naturalidad obscena.
A mí se me exige una prueba de autenticidad que no se le exige a nadie más.
Y cuando la presento, se la descarta por exceso de evidencia.
Si apelo a la historia, me dicen que “la historia antigua no da derechos”.
Si apelo a la arqueología, me dicen que “las piedras no legitiman Estados”.
Si apelo a la continuidad nacional, me dicen que “las identidades cambian”.
Si apelo al derecho a la autodeterminación, me dicen que “ese derecho no aplica aquí”.
O sea:
la regla no es universal.
La excepción siempre termina siendo el judío.
Y eso tiene un nombre.
El antisionismo no discute una política. Discute mi legitimidad como judío libre.
Yo no tengo ningún problema en discutir gobiernos, fronteras, errores militares, coaliciones, ministros, estrategias, decisiones tácticas o leyes del Estado de Israel.
Todo eso pertenece al terreno normal de la política.
Pero el antisionismo no se limita a criticar lo que Israel hace.
El antisionismo impugna lo que Israel es.
No pregunta:
“¿Qué debería hacer el Estado judío?”
Pregunta algo mucho más grave:
“¿Por qué debería existir un Estado judío?”
Y esa pregunta, presentada como sofisticación moral, no es más que una vieja pulsión con traje nuevo.
Antes se nos decía:
“No vivan entre nosotros.”
Ahora se nos dice:
“No vivan como nación entre las naciones.”
Antes se buscaba al judío desarmado, dependiente, vulnerable, tolerado únicamente a condición de su debilidad.
Ahora se tolera al judío solo si renuncia a su soberanía, a su defensa y a su poder político.
Eso no es progreso moral.
Eso es antisemitismo actualizado para una época diplomática.
Porque el antisemitismo clásico odiaba al judío sin Estado.
El antisionismo odia al judío con Estado.
Uno despreciaba mi diferencia.
El otro desprecia mi independencia.
Pero el objetivo profundo es el mismo:
que el judío no sea dueño de su destino.
La manipulación más perversa: convertir al retornado en usurpador
No les alcanzó con negar mi historia.
Tuvieron que hacer algo todavía más perverso:
dar vuelta la acusación.
Y así terminé siendo descrito como:
• invasor,
• extranjero,
• blanco,
• colonial,
• ocupante,
• intruso.
Es una operación casi diabólica.
Porque el pueblo que fue expulsado de su tierra, dispersado por el mundo, perseguido de continente en continente y exterminado en masa, terminó siendo presentado como el opresor originario del lugar del que fue arrancado.
Es difícil imaginar una inversión moral más brutal.
Llamarme “colono” en Judea
es como llamar “invasor” al griego en Atenas.
Llamarme “ocupante” en Jerusalém
es como llamar “forastero” al romano en Roma.
Eso no es crítica.
Eso no es análisis.
Eso no es justicia.
Eso es una falsificación histórica descarada.
Y solo pudo imponerse en una época donde la propaganda emocional reemplazó al conocimiento histórico.
La discusión real no es territorial. Es civilizatoria.
Yo ya entendí hace tiempo que el debate nunca fue solamente sobre kilómetros, líneas, mapas, puestos de control o fronteras.
Eso es la superficie.
La discusión profunda siempre fue otra:
¿Se acepta o no que el pueblo judío es un pueblo real, antiguo, continuo y con derecho a existir políticamente en su tierra?
Esa es la verdadera cuestión.
Porque si la respuesta es sí, entonces toda la conversación cambia.
Entonces ya no se me puede describir como intruso.
Ya no se me puede pintar como usurpador.
Ya no se me puede tratar como anomalía moral.
Entonces se me tiene que reconocer como lo que soy:
un miembro de un pueblo con historia, derechos, memoria y soberanía.
Y eso es justamente lo que muchos no toleran.
No toleran que yo ya no pida permiso.
No toleran que ya no dependa de la misericordia ajena.
No toleran que ya no viva a merced de mayorías hostiles, gobernantes caprichosos o policías indiferentes.
Durante siglos, el mundo se acostumbró al judío vulnerable.
Al judío que suplicaba.
Al judío que negociaba su supervivencia.
Al judío que enterraba a sus muertos y seguía agradeciendo que lo dejaran respirar.
Israel rompió ese molde.
Y hay una parte del mundo —incluso una parte muy “respetable”, académica, periodística y diplomática— que jamás nos lo perdonó.
Lo que no soportan no es al judío. Es al judío soberano.
Ese es el verdadero escándalo.
No les molesta mi existencia biológica.
Les molesta mi existencia histórica con poder.
No les molesta el judío como memoria del sufrimiento.
Les molesta el judío como sujeto de la historia.
No les molesta el judío llorado.
Les molesta el judío armado.
No les molesta el judío muerto.
Les molesta el judío vivo, fuerte, de pie y dueño de su casa.
Y por eso el lenguaje del “colono”, del “ocupante” y del “usurpador” no es simplemente incorrecto.
Es un intento desesperado de despojarme de la legitimidad moral de mi regreso.
Porque si mi regreso es legítimo, entonces se cae toda una industria de odio, victimismo invertido y chantaje histórico.
Y eso muchos no lo pueden tolerar.
La Tierra de Israel no convirtió a mi pueblo en un pueblo.
Fue el lugar donde mi pueblo nació.
Los exilios no lo disolvieron.
Las persecuciones no lo borraron.
Los imperios no lo reemplazaron.
Las conquistas no lo extinguieron.
Y las modas ideológicas tampoco lo van a hacer.
Yo no necesito permiso de la propaganda contemporánea para existir en la tierra donde mi pueblo ya existía cuando muchos de sus acusadores históricos todavía ni siquiera habían entrado en escena.
Por eso, cada vez que alguien me llama “colono” en Judea, no está describiendo una realidad.
Está confesando otra cosa:
que no soporta que el judío haya sobrevivido lo suficiente como para volver a casa.
Y esa, en el fondo,
es la verdad que más les duele.
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