Por primera vez tras dos años de acoso diplomático por parte del gobierno de Pedro Sánchez, Israel decide romper la baraja y responder con medidas concretas: España ha sido expulsada del Centro de Coordinación internacional para Gaza (CMCC).
El mensaje del primer ministro israelí, Biniamín Netanyahu, es claro: ¡Hasta aquí hemos llegado! «No permitiremos que ningún país lleve a cabo una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato”, afirmó.
En este contexto, la relación bilateral entra en un terreno desconocido, y se abre el interrogante de si España frenará el deterioro bilateral o responderá con otras medidas a esta nueva postura israelí.
Netanyahu lo ha dicho con una claridad inusual. Primero ha expulsado a los representantes españoles de uno de los espacios donde se decidirá el futuro de Gaza -objetivo primario de la diplomacia española desde siempre- y después ha difundido una declaración para explicarlo: «Quienes atacan al Estado de Israel en lugar de a los regímenes terroristas, no serán nuestros socios en lo que respecta al futuro de la región».
El acoso del gobierno español España en foros y competiciones internacionales -desde los tribunales de La Haya hasta la UE, pasando por Eurovisión, la Vuelta Ciclista o la UEFA- ha sido más propio de países enemigos que de dos estados que hace 40 años decidieron dejar atrás un pasado turbulento, para convertirse en amigos y hasta aliados.
De todos es sabido que, durante más de dos años, el vínculo entre Madrid y Jerusalén ha transitado una pendiente descendente. Casi hasta llegar al abismo. Las críticas del Gobierno socialista a la actuación israelí —primero en Gaza, luego en Líbano y más recientemente en el contexto de Irán— han sido constantes, públicas y crecientemente duras. El acoso de España en foros y competiciones internacionales -desde los tribunales de La Haya hasta la UE, pasando por Eurovisión, la Vuelta Ciclista o la UEFA- ha sido más propio de países enemigos que de dos estados amigos que hace 40 años decidieron dejar atrás un pasado turbulento. Amigos y hasta aliados en materia de seguridad, por lo menos hasta 2024.
Está claro que el Gobierno de Sánchez no representa a toda España, y que -igualmente- la medida israelí está enfocada en el presidente del Gobierno y no en el conjunto de la sociedad española.
Pero lo que hasta ahora se interpretaba como fricción política e ideológica ha sido elevado por Israel a la categoría de hostilidad sistemática: «No tengo intención de permitir que ningún país lleve a cabo una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato», fueron las palabras de Netanyahu. Hablar de «guerra diplomática» implica asumir que el conflicto bilateral -hasta ahora gestionado por ambas partes a través de las redes sociales- ha superado la fase retórica.
El ministro de Exteriores israelí, Guideón Saar, lo expresó también sin rodeos al hablar de una «obsesión anti-israelí del Gobierno de Sánchez». No se trata solo de una frase para la la galería, sino de la formulación de un diagnóstico político que justifica decisiones como la exclusión del CMCC. Y es, además, la base sobre la cual Israel parece que reconfigura una nueva relación con la España de Sánchez: «Israel no permanecerá en silencio frente a quienes nos atacan». Léase: «¡Hasta aquí!
De boca del popular influencer y ex portavoz de Netanyahu para medios extranjeros, Eylon Levy: «¡Ay Pedrito, Israel no es tu piñata!. Durante demasiado tiempo, la España de Sánchez ha atacado a Israel en todos los foros posibles, difundiendo mentiras anti-israelíes en la ONU, lamentándose de no tener armas nucleares para frenar a Israel, insistiendo a la UE para que sancione a Israel, y ahora alineándose con Irán contra Israel y EEUU. La lista continúa… pero ¡hasta aquí!».
La decisión de España de reabrir su embajada en Teherán fue interpretada en Jerusalén en términos radicalmente distintos a los de la diplomacia socialista. El ministro de Exteriores de Israel, Guideón Saar, respondió con una dureza poco común: «España e Irán van de la mano. Sin pudor. Para vergüenza eterna».
El malestar israelí se explica por el efecto acumulativo de las declaraciones y decisiones del Gobierno de Sánchez casi desde el comienzo mismo de la guerra de Gaza tras la masacre del 7 de octubre, pero viene impulsado por decisiones mucho más recientes que, desde Jerusalén y Washington, han sido interpretadas como gestos concretos de alineamiento problemático en un momento de alta tensión regional.
El cierre del espacio aéreo a aviones estadounidenses que participaban en la guerra contra Irán y la negativa a permitir el uso de bases militares en territorio español han sido percibidos como movimientos que exceden la crítica política. No sólo por parte de España, también por otros países aliados. A ello se suma la postura pública de Sánchez, quien calificó esas operaciones como «imprudentes e ilegales» y denunció que se realizaron «sin respaldo jurídico ni objetivos definidos».
Pero los gestos que más han irritado a Israel han sido quizá la reciente insistencia del presidente del Gobierno para que la UE sancione el Acuerdo de Asociación con Israel y, quizás más aún, la reapertura de la embajada española en Teherán, cuando hace apenas un mes retiró oficialmente (ya estaba llamada a consultas en Madrid) a su embajadora de Tel Aviv. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, la presentó como una apuesta por «la paz y la diplomacia», pero la medida fue interpretada en Jerusalén en términos radicalmente distintos. Saar le respondió con una dureza poco común: «España e Irán van de la mano. Sin pudor. Para vergüenza eterna».
Aquí es donde el desacuerdo haya dejado probablemente de ser táctico para convertirse en estratégico. Para Israel, la diplomacia española ha dejado de ser coherente hasta en su propia crítica -la exigencia de respeto de los derechos humanos-, para en última instancia perfilarse como «hipócrita» y «hostil». El gobierno de Sánchez es percibido desde Israel como un agente, o régimen servilista, más de Irán.
La expulsión de España del CMCC es un cambio de fase. Israel ha decidido que las críticas y decisiones españolas no pueden seguir siendo respondidas únicamente con declaraciones o gestos diplomáticos menores. Es una señal política de primer nivel: Una línea trazada con claridad.
En ese sentido, tal y como España introdujo sanciones a Israel en 2025 a través del Real Decreto de octubre, ahora es Israel la que, con la decisión de excluir a España del CMCC, introduce una dimensión especialmente relevante: el coste concreto de una determinada política exterior. Ya no se trata solo de una reprimenda simbólica o de la difamación de ciertos líderes por redes sociales. Es la pérdida de acceso a un foro clave en la gestión de la ayuda humanitaria y en la planificación del futuro de Gaza, integrado en el plan de paz impulsado por Estados Unidos. Veinticinco países, catorce de ellos de la OTAN, forman parte de él.
Lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas es por tanto un cambio de fase. Israel ha decidido que las críticas y decisiones españolas no pueden seguir siendo respondidas únicamente con declaraciones o gestos diplomáticos menores. La implicación directa de Netanyahu, asumiendo personalmente la decisión de expulsar a España, refuerza la idea de que no estamos ante un movimiento técnico ni burocrático: es una señal política de primer nivel. Una línea trazada con claridad.
En este contexto, la relación bilateral entra en un terreno desconocido. La combinación de críticas públicas, decisiones operativas y acusaciones cruzadas ha erosionado los canales tradicionales de diálogo. Las embajadas mutuas están a un rango reducido -el de encargado de negocios- y la decisión israelí puede haber instalado una lógica de confrontación donde cada gesto tenga consecuencias. La pregunta, ahora, es si España responderá o no a esta nueva postura israelí. Y más importante aún, si lo hace, cómo será ▪
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