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¿Tal vez aquella noche murió tu padre, algún hermano?,

Pilar Aizpún Bobadilla 22 Nov 2006 - 00:18 CET
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En este homenaje a la belleza de la guerra, la Ilíada nos obliga a recordar algo molesto pero inexorablemente verdadero: durante milenios, la guerra ha sido para los hombres la circunstancia en la intensidad –la belleza- de la vida se desencadenaba en toda su potencia y verdad. Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta concienciación ética…
…Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra… Poder cambiar el destino de uno mismo sin tener que apoderarse del de otro…; encontrar una dimensión ética muy elevada sin tener que ir a encontrarla en los confines de la muerte; encontrarse a uno mismo en la intensidad de lugares y momentos que no sean una trinchera; conocer la emoción, incluso las más verdadera, sin tener que recurrir al doping de la guerra o a la metadona de las pequeñas de las pequeñas violencias cotidianas.

…Hoy la paz es poco más que una conveniencia política…

Alesandro Baricco
Homero, Ilíada

Hace ya casi treinta años, unas mujeres valientes tomaron de la mano a sus hijos huérfanos por la violencia terrorista, y emprendieron un camino. Fue un largo y oscuro recorrido de silencios, de dolor escondido, de humillaciones soportadas con entereza. Luchaban con su realismo tozudo y cotidiano contra la magia mentirosa de una guerra sin sentido. Nada de esa guerra tiene valor: no hay lengua o identidad que merezca la sangre de un ser humano. La lengua se defiende con la poesía, la identidad con el amor a la propia cultura. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra… poder cambiar el destino de uno mismo sin tener que apoderarse del de otro…; encontrar una dimensión ética muy elevada sin tener que ir a encontrarla en los confines de la muerte; encontrarse a uno mismo en la intensidad de lugares y momentos que no sean una trinchera; eso hicieron esas mujeres.
Llenaron de luz la oscuridad cobarde del olvido y el desprecio a los que las sometieron. Rodearon de paz, con el asedio de su silencio, de su perdón, de su dignidad tranquila, el espacio tenebroso del odio. Esas mujeres eran las viudas de las víctimas del terrorismo etarra. Enseñaron a sus hijos a no odiar, a esperar en la justicia, a perdonar a los asesinos de sus padres en lo íntimo de su corazón. Se asociaron. Luego llegaron otros: nos habían entregado sus piernas, sus brazos, sus ojos, sus hijos,sus hermanos, sus esperanzas, para construir nuestra libertad. Las habían entregado para alcanzar algo mejor y más bello que una simple utopía primitivista y totalitaria. Todos esperaban la paz…y una justicia que hiciera válido su sacrificio, su renuncia a la venganza, su pelea por la esperanza. Eran las víctimas del terrorismo más inane, más banal y con menos sentido de la historia: el terrorismo de la gran mentira nacionalista. La muerte por nada. Esas iluminaciones burdas y asesinas apenas si alcanzan el rango de quimera, pero sacrificaron a su absurdo Moloc a muchos.
Tenemos que estar con las víctimas. Ellas conocen muy bien un camino ya muy andado. Saben que la belleza está ahí, no en la violencia que siembra el odio, y que fascina a los cobardes incapaces de empuñar un arma. Muchas de las vícitimas sí hubieran podido hacerlo. Pero no lo hicieron. Hoy, sus asesinos cobardes esconden trescientas pistolas. Hoy, los acobardados gritan su miedo insultando a Alcaraz y pidiendo que les perdonen la vida.
Hoy, como ayer, podemos andar todos por el mismo camino. Tenemos que continuar por el camino justo. Yendo al encuentro de la paz, no por el miedo que claudica, sino por la otra belleza, la del heroísmo cotidiano, la de la emoción sencilla e intensa de la amistad, de la solidaridad, la del sentimiento pleno de la libertad lograda con esfuerzo, la del valor que no mata ni hiere, sino que resiste el embate del odio con la serenidad de la razón. La de compartir entre todos, con esfuerzo y con valor, el sacrificio de los otros, que nos construye a todos.

Pilar Aizpún Bobadilla

Apasionada de Occidente, de la actualidad, de la política y de las ideas. Estoy muy agradecida a los que lucharon por dejarme a mí el mejor de los mundos, así que intento entender hacia dónde vamos y qué mundo les vamos a dejar a los que vienen después

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