¿Por qué un Navarro quiere integrarse en una Comunidad Autónoma que no es la suya, perder sus señas de identidad y todas las ventajas de las que ahora disfruta? Ésa es una pregunta que todos nos deberíamos hacer, porque no es baladí. Pero el hecho está ahí, y ha tenido un curioso paralelismo en el fútbol. Hace unos años, el ínclito César Oroz alimentó con sus chistes –la verdad es que entonces eran divertidos- la idea de que la Real había dejado ganar a Osasuna, para salvarle a éste del desastre. Asunto indemostrable, y en cualquier caso, antideportivo e ilegal. Es evidente que en el deporte no se debe hacer trampa, y que si se hizo en su momento, se hizo mal. Pero eso, repito, siempre será indemostrable. Nunca sabremos si se dejaron ganar los guipuzcoanos o simplemente perdieron.
De pronto, este año un grupo de no se sabe quién, extiende la especie de que puesto que los guipuzcoanos hicieron trampa en el pasado, ahora tenían que hacerla los navarros. Lógicamente, el Osasuna no se ha prestado a semejante estupidez, y supongo que La Real tampoco lo pidió. Son bobadas de aficionados. Pero el caso es que un grupo de presuntos rojillos se dedicó a ir contra su propio equipo con presiones, insultos y actitudes absolutamente inaceptables. ¿Por qué?
La respuesta está en la política. Hay gente que es nacionalista antes que todo lo demás: siguiendo los diversos grados de radicalización, antes que aficionados rojillos, antes que de izquierdas, antes que de derechas, antes que navarros, antes que católicos, antes que personas, son nacionalistas. Por el nacionalismo y su expansión, algunos llegan a hacerse terroristas, y bastantes, a justificar el terrorismo y la violencia (algunos tienen la hipocresía de pseudo rechazarlo cuando consideran que «ha dejado de ser útil»).
La cuestión es que nos enfrentamos a un adversario político que ha hecho de sus ideas políticas una religión, sin base alguna histórica, jurídica o racional, que no se puede combatir con simple eficiencia, porque a ellos ese tema les trae al fresco. Aunque sean minoritarios, tienen gran fuerza. Están dispuestos a sacrificar riqueza, victoria, verdad y bienestar en aras de su fe, y no se cuestionan ni uno solo de los principios de su credo. Su fuerza está en su convencimiento: saben lo que quieren y cómo conseguirlo, elaboran unas estrategias a corto, medio y largo plazo, y nunca se cansan. Y no se plantean si eso es bueno o malo: lo aceptan y ya está.
Hay gente que se cree que en política basta la eficiencia gestora y conseguir un alto grado de bienestar. Hay gente que se cree que a nuestra sociedad mercantilista y banal solo le importa el dinero. Hay gente que se cree que sus votantes solo quieren eficacia y no principios. Hay gente que se cree que con hacer las cosas bien, basta. Hay gente que se cree que el problema del clientelismo en política es el único, y que con conseguir una red clientelar más potente que el adversario, lo tendrá todo controlado. Pues va a ser que no. Porque por mucho que nos queramos empeñar, a algunos no les mueven solo los intereses económicos. A muchos sí, pero hay a otros que no. Y esos, si se organizan bien, siempre ganan, aunque sean menos y no tengan razón. Porque la demagogia y la incultura no atienden a razones, y ahí hay mucho que pescar cuando uno está convencido.
La alta política exige convicciones y valores. No se trata de caer en el fanatismo irracional, sino desde la razón, encontrar el camino para revitalizar cada día los valores que son la esencia de nuestra sociedad, nuestra razón de ser. Exige firmeza con suavidad e inteligencia de formas. Exige ilusión y capacidad de entrega, espíritu de servicio y una generosidad que no casa con ambiciones políticas pacatas, de sillón y puesto vitalicio. Para convencer a los demás, hay que estar convencido e ilusionado. Y ahí tenemos un pequeño problema.
La derecha –no los políticos de derechas solo, sino la sociedad de derechas- ya no tiene convicciones ni ganas de ser generosa. Se recibe con sospecha cualquier iniciativa o persona que no entre en la mecánica habitual de mezquindad e intereses creados. Nos quejamos de los políticos, pero ellos no son sino el fiel reflejo de un problema social. Un ejemplo claro es hoy el Diario de Navarra, caso patético pero ejemplar de lo que nos está sucediendo. Y no solo la derecha. No hablemos de la izquierda navarrista, que aparentemente ha desaparecido. Solo importa la pasta, el sillón y el poder, y se desprecia a todo aquel que no piense lo mismo.
El nacionalismo radical, por el contrario, presenta un ideal disciplinado, fuerte, irracional y suficientemente iluminado como para arrastrar voto joven. Después llega el sometimiento del resto a través del terror y de la muerte civil. Es un proceso imparable si no se pone la solución adecuada. A grandes problemas, grandes soluciones.
Por de pronto, habrá que pararse a discurrir. Y volvemos al principio. ¿Por qué un Navarro quiere integrarse en una Comunidad Autónoma que no es la suya, perder sus señas de identidad y todas las ventajas de las que ahora disfruta? ¿Por qué un presunto aficionado prefiere que pierda su equipo? …pues, por un ideal.
A ver si nos aplicamos el cuento.
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