La manipulación del lenguaje viene de antiguo. Los griegos lo llamaban sofisma. Hoy igual que entonces se usan sofismas para disfrazar la mentira de verdad. Para convertir las palabras en “palabros”, vacíos de significado, banalizados, corrompidos. Importa más un acto de comunicación seductor, huero y falso que el sentido. En aquel mundo griego, los políticos y los profesionales de la comunicación que se dedicaban a la prostitución del lenguaje eran combatidos por intelectuales como Sócrates. Hoy van todos de la mano. Comen todos del mismo Estado.
“Paz” es el gran “palabro” desde la primera guerra mundial hasta hoy. En nombre de la “paz” se han permitido todas las barbaridades que llevaron a las guerras mundiales del siglo pasado. Chamberlain pactó con Hitler en nombre de la “paz”. Roosevelt con Stalin en nombre de la “paz”. Entre esos cuatro, y sumando a Mao y a los japoneses que eran sus seguidores, produjeron más muertos en el siglo XX que todas las guerras anteriores juntas, incluidas las de religión. No lo digo yo. Lo dicen historiadores como Burleigh o Johnson.
Juan Pablo II decía: “la justicia de cada uno construye la paz de todos”. La paz nace de la justicia y se apoya en la verdad. No existe paz en la mentira ni en la injusticia. Porque la paz es la serenidad que produce el bien buscado con honestidad. La paz no es la tranquilidad aparente de las tiranías o de los cínicos. La paz es la serena plenitud de lo que está bien. Y el fin no justifica los medios. Porque la paz es un bien moral y nada de lo que se intenta a través del mal puede producir un bien. Y esto no es una norma discutible. Es un hecho. Se cumple siempre: las injusticias producen guerras y conflictos.
De ahí que la paz que se consiguió después de la primera guerra mundial desembocara en la segunda guerra mundial, que a su vez desembocó en la guerra fría, esa guerra solapada que en Europa ha terminado antes de ayer y que sigue en cientos de conflictos olvidados por todo el mundo. Porque la atroz matanza en la antigua Yugoslavia fue ayer, y los millones de muertos en África y Asia de la segunda mitad del siglo veinte tenían la misma fuente desestabilizadora. Y hoy, de aquellos lodos nos quedan todavía los barros de Oriente Medio, entre otros.
La paz en España no va a nacer de las mentiras de los sucesivos gobiernos. No va a nacer de la injusticia que estamos haciendo a las víctimas. No va a nacer de todas nuestras cobardías. Las consecuencias de todo esto llegarán. Ya están aquí. De un Consejo del Poder Judicial vergonzosamente repartido como prebenda política, ¿qué justicia podemos esperar? De un montón de asesinos en serie y violadores peligrosos sueltos, de un código penal perverso, de una administración corrompida, ¿qué paz podemos esperar? No nos engañemos, vamos a pagar -y muy caro- hasta el último céntimo de nuestra deuda ciudadana. La tranquilidad engañosa de hoy es más falsa que los judas que nos la han traído. De todos estos lodos vendrán barros. Y muy malos. Y ya siento ser profeta de calamidades.
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