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Islamofobia I

Pilar Aizpún Bobadilla 05 Sep 2014 - 17:01 CET
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Llevo en silencio unos cuantos meses. Desde mayo más exactamente. Me he quedado muda. Sinceramente, los acontecimientos se han precipitado de tal modo desde entonces, que he necesitado un tiempo para volver a situarme. Lo más divertido de este asunto es el pretendido despiste de los mercados. Los analistas bursátiles ni se inmutan por la situación internacional. Juegan a que no pasa nada y solo les importan las medidas que tome Draghi… que por cierto, no se sabe si van a ser buenas o malas a la larga. Viven en un mundo de ficción, como si pudiéramos volver a la situación anterior a mayo de 2014. Pero no solo ellos. Parece que nadie se ha percatado de que el mundo ha cambiado en estos últimos meses. En realidad, el mundo lleva cambiando mucho tiempo, pero ahora percibimos ese cambio de forma evidente… algunos. Otros siguen sin enterarse. Y si no, que se lo digan a los dirigentes de la OTAN. La prueba es que mi admirado José María Carrascal no deja de escribir cosas sin sentido: como se entera de qué va el rollo, está muerto de miedo. Recomiendo a mis lectores que también sigan de cerca los artículos de Hermann Tertsch. Así entenderán por qué Carrascal escribe lo que escribe.
Hoy, sin ir más lejos, Tertsch escribe sobre el escándalo Rotherham. ¿No saben de qué hablo? Claro… en España en las noticias solo ha salido el caso del niño inglés presuntamente secuestrado por sus padres, en el que la policía británica se ha mostrado tan diligente. El asunto de los más de 1400 menores y menos menores, chicos y chicas violados, torturados y amenazados por bandas de pakistaníes y otros musulmanes con la connivencia de funcionarios –policías y jueces sobre todo- y políticos no ha salido en las noticias. Ni los casos de Francia, gracias a los cuales –entre otras cosas- Marine Lepen va a ganar las próximas elecciones, si la UMP no lo remedia. Contar eso sería islamofobia.
De pronto, Europa se ve seriamente amenazada por el norte y por el sur con conflictos que han dejado de ser locales. Pero el problema no es tanto el sur y el norte…como la propia Europa. Su decadencia, su debilidad, su cobardía y la inmensa quinta columna que aguarda en su seno. La tenemos clara. Reconocer esto también sería islamofobia.
Mientras tanto, el premio Nobel de la Paz Obama está pidiendo ayuda internacional para una intervención en Irak. Ha dejado Oriente Medio como unos zorros, sumido en el caos y a merced del misterioso y presunto “radical” al-Baghdadi, del que parece que nadie sabe gran cosa, pero que asombrosamente ha reunido un ejército de 80.000 tíos bien pertrechado. Y la CIA, el servicio secreto británico, el Mossad, los franceses y los saudíes no se han enterado. Ya. Y yo que me lo creo. Como la famosa “Primavera Árabe”. Nos toman por tontos porque parecemos tontos. Pero decir que esto no es posible y que alguien «menos radical» del mundo islámico y con más capacidad económica y organizativa tiene que estar detrás sería… islamofobia.
Y claro, Putin a lo suyo.
La cuestión es que nosotros no podemos enviar fuerzas a Irak… no sería políticamente correcto. Pero luego pedimos ayuda contra el terrorismo islámico. La cuestión es que el Islam es como el nacionalismo vasco: el moderado es tan escaso e irrelevante que no sirve de nada dialogar con ellos. Y el resto no tiene ningún interés en dialogar. No lo necesita para alcanzar sus objetivos a través del terror y lo sabe. Pero decir esto es islamofobia, por supuesto. ¡Cómo se me ocurre!
De la postura del Vaticano ante el problema de Irak… hablaré en un próximo post.

Pilar Aizpún Bobadilla

Apasionada de Occidente, de la actualidad, de la política y de las ideas. Estoy muy agradecida a los que lucharon por dejarme a mí el mejor de los mundos, así que intento entender hacia dónde vamos y qué mundo les vamos a dejar a los que vienen después

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