El periodismo debe al fallecido ex dictador nada menos que su criminal represión y las condiciones para ser rebajado de profesión a simple oficio.
En 1975 arreciaba la dictadura en Chile. Cientos de personas, entre ellos, por supuesto, periodistas, eran asesinadas, torturadas o hechas desaparecer, mientras el que esto escribe era uno de los jóvenes que ingresaban ingenuamente a la universidad a estudiar periodismo sin sopesar adecuadamente la tragedia. Ni siquiera la ácida oposición al régimen de mis mejores compañeros de curso
–cuatro en particular- logró aliviar esa ceguera, menos aún cuando, poco después, comencé a trabajar en uno de los periódicos incondicionales.
Los resultados de la criminal represión contra periodistas de la derrocada Unidad Popular y de la menguada prensa disidente posterior ya son parte de la historia más negra de Chile. Pero fue sólo el comienzo. La censura previa contra los medios de comunicación sobrevivientes fue, a la larga, menos espectacular pero más efectiva. Los periódicos de derecha adhirieron sin remordimientos al nuevo orden y desviaron rápidamente sus pautas informativas hacia la satisfacción de las autoridades militares y la sobreexplotación de los hechos menos políticos –educacionales, policiales, sanitarios, municipales-.
¡Habló Pinochet!
Entonces comenzó a operar un periodismo diametralmente opuesto al llamado “de trinchera”, que si bien resultó agresivo y fanatizado, al menos representaba fielmente la sociedad de su época. El “nuevo” periodismo, en cambio, fue algo artificial, timorato y obsecuente, y, peor aún, dejó escuela. La palabra del presidente o gobernante, o, en ausencia de éste, de sus delegados directos –ministros, intendentes y otros, habitualmente militares-, era como un maná que brotaba dadivosamente hacia la prensa adicta con el fin de llevarle su más nutritivo y no pocas veces único alimento. “¡Habló Pinochet!”, “¡Habló el ministro”, eran exclamaciones frecuentes en esas redacciones y estaban conformadas por una rara mezcla de expectación, júbilo y angustia. Cualquier manifestación contraria, individual o popular, a esas cuasidivinas autoridades era tratada, por lo tanto, como algo violento, destemplado, extravagante, injusto, casi satánico y, en consecuencia, indigno de publicar.
La “otra realidad”, la impuesta, era un hecho. Todo medio que deseaba prosperar no podía ir contra ella. Ahora la empresa mandaba en el periodismo; el periodista había dejado de ser su motor para convertirse en su vistosa pero sintética carrocería.
Pero había una prensa disidente. A mediados de los años 80 pudo ésta conseguir algunos recursos extranjeros para lograr mayor estabilidad, sobre todo en las cercanías del plebiscito de 1988. Este periodismo de investigación y denuncia contribuyó a salvar, al menos provisoriamente, el perfil y la preponderancia naturales del periodista en la orientación y contenidos de un medio de comunicación.
“Estilo” único
El tumor, sin embargo, ya estaba extendido. Cuando terminó la dictadura, no se invirtieron los papeles ni la puerta se abrió de par en par para el periodismo; la democracia mercantilista subsiguiente la dejó entreabierta sólo para unos pocos, para aquellos medios que demostraran capacidad económica suficiente como empresas sin importar cuán profesional, profundo, incisivo y fundamentado fuera el periodismo que en ellos se ejercía. Murió así, sin alcanzar a disfrutar la democracia, la mayoría de los medios líderes de la oposición a la dictadura.
La intimidante figura de Pinochet no desapareció junto con su régimen. Mientras los políticos de la Concertación se sentían forzados a pactar la transición con el todavía jefe del Ejército, la prensa prefirió asegurarse y renovar la vieja “escuela” autoritaria, aunque dándose algunos brochazos para cambiar de aspecto. Los personeros de gobierno –aunque ahora de la ex oposición- siguieron proporcionando el alimento principal de la dieta, secundados por los integrantes del nuevo Parlamento, los alcaldes elegidos popularmente y uno que otro alto dirigente empresarial. Como presunto contrapeso democrático sólo recurrieron a caras y voces anónimas y aisladas entre sí, las que supuestamente representaban al ciudadano común.
Cuando, después de su largo arresto en Londres (1998-2000), el ex dictador dejó por fin de atemorizar a los chilenos, los medios no se sintieron obligados a corregir su enfoque periodístico y equilibrar, al menos, su servicio informativo. Varios optaron incluso por reforzar un sector banal pero altamente trascendente por lo rentable: la farándula o prensa rosa.
Hay consecuencias a la vista. Y al oído. Día a día se ve en televisión rostros apáticos, incómodos y nerviosos de reporteros demasiado noveles, muchos de los cuales desfilan fugazmente ante las cámaras debido a su bajo costo para los canales. Se escucha, además, reiteradas muletillas tales como “hay expectación periodística”, “según trascendió”, “aquí, todo está en calma” o “formuló declaraciones”, todo eso, con un sonsonete pegajoso y extrañamente uniforme que invade todo el espectro televisivo y radial. En los periódicos se lee frases vagas o enigmáticas tales como “dijo una fuente vinculada al caso”, “trascendió en círculos institucionales” o “afirmó un dirigente del sector que trabajó en el tema”. Como si los autores no hubieran recibido fundamentos de expresión audiovisual o de redacción periodística o literaria, o, más bien, como si los medios de comunicación chilenos se hubieran puesto de acuerdo para aplicar un estilo informativo único, rígido, limitado y nada creativo. Más aún, incluso en tal precariedad, los periodistas son presionados o estimulados cada vez con mayor frecuencia a infringir sus propios códigos de ética al enviar mensajes publicitarios mientras informan.
Lo de fondo, sin embargo, es que los contenidos periodísticos de los medios reflejan, en general, sólo una parte de lo que ocurre en la sociedad chilena.
Si Pinochet quiso despojar a la profesión de periodista de su innata influencia política y social para hacerla desaparecer también, lo está consiguiendo.
¡Ah! Pero la situación de los cinco compañeros de carrera de 1975 sí se invirtió: los cuatro acérrimos antipinochetistas terminaron adaptándose a los cambios, no así el que no veía entonces la realidad del país.
Julio Frank Salgado
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