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Durante siglos, la pregunta fue considerada absurda por la ciencia oficial.
Los animales, según el paradigma dominante hasta bien entrado el siglo XX, eran máquinas biológicas que respondían a estímulos sin experimentar nada parecido a lo que los humanos llamamos emociones. Descartes lo formuló con la frialdad que lo caracterizaba: los animales no sienten, simplemente reaccionan.
Hoy esa posición es insostenible. La neurociencia, la etología y la psicología animal han acumulado suficiente evidencia como para afirmar con rigor científico que los mamíferos y las aves experimentan estados emocionales complejos, incluyendo algo funcionalmente equivalente a la felicidad, el miedo, el dolor y el duelo.
La pregunta ya no es si nuestras mascotas pueden ser felices. Es si lo son.
Lo que la ciencia dice sobre las emociones animales
El punto de inflexión científico llegó en 2012 con la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia, firmada por un grupo de neurocientíficos prominentes. El texto afirma que los animales no humanos poseen los sustratos neurológicos que generan estados de consciencia y que existe evidencia suficiente de que experimentan estados afectivos positivos y negativos.
El cerebro de un perro tiene una estructura límbica comparable a la humana. Produce oxitocina, la hormona vinculada al apego y la confianza, cuando interactúa con su dueño, exactamente igual que un humano cuando abraza a alguien querido. El investigador Takefumi Kikusui de la Universidad Azabu de Japón demostró que el simple contacto visual entre perros y humanos eleva los niveles de oxitocina en ambos. Es el mismo mecanismo que vincula a las madres con sus bebés.
Los gatos, más reservados en su expresión emocional y durante siglos malinterpretados como indiferentes, también muestran indicadores fisiológicos de estados positivos: ronroneo, amasado, búsqueda activa de contacto y reducción de la frecuencia cardíaca en presencia de sus humanos de referencia.
Los indicadores de bienestar que los etólogos miden
La ciencia del bienestar animal ha desarrollado criterios observables para evaluar si un animal experimenta una vida emocionalmente positiva. Los más utilizados combinan indicadores físicos y conductuales.
Un animal feliz muestra comportamientos exploratorios: curiosidad activa por su entorno, ganas de jugar, interacción voluntaria con otros individuos. Duerme sin tensión visible. Come con apetito regular. Responde al nombre o a estímulos conocidos con señales de anticipación positiva, la cola que se mueve, las orejas que se orientan, el cuerpo que se aproxima.
Un animal que sufre hace lo contrario: se esconde, evita el contacto, pierde el apetito, deja de jugar, muestra comportamientos repetitivos o destructivos. Los etólogos llaman a esto comportamientos de displasia emocional y son tan diagnósticos del sufrimiento como cualquier síntoma físico.
Lo que hacemos mal sin saberlo
La pregunta incómoda que la ciencia del bienestar animal plantea es si las condiciones en que mantenemos a nuestras mascotas son realmente compatibles con su felicidad o si simplemente son compatibles con nuestra comodidad.
Un perro es un animal social que en estado natural caminaría entre 15 y 30 kilómetros diarios con su manada, exploraría su entorno con la nariz durante horas y tendría interacción social continua. Un perro que pasa ocho horas solo en un piso de 60 metros cuadrados mientras su dueño trabaja no está viviendo en condiciones que su biología considera óptimas, por mucho que lo quieran cuando vuelven a casa.
Un gato es un cazador solitario cuyo bienestar depende de la estimulación, el territorio y la posibilidad de expresar comportamientos predatorios. Un gato de interior sin enriquecimiento ambiental, sin juego activo, sin acceso a altura y sin estímulos que activen su instinto cazador puede desarrollar ansiedad crónica que se manifiesta en sobrealimentación, apatía o comportamientos agresivos.
Los peces en peceras pequeñas, los pájaros en jaulas sin vuelo, los conejos en habitáculos minúsculos: la investigación sobre bienestar animal en estas especies es menos desarrollada pero apunta en la misma dirección. El tamaño del espacio importa. La estimulación importa. La posibilidad de expresar los comportamientos propios de la especie importa.
Las cinco libertades del bienestar animal
El marco más extendido para evaluar el bienestar de un animal en cautividad son las llamadas Cinco Libertades, desarrolladas por el Farm Animal Welfare Council del Reino Unido y adoptadas internacionalmente:
Libertad de hambre y sed. Libertad de incomodidad física. Libertad de dolor, lesión y enfermedad. Libertad de expresar comportamientos normales de la especie. Y libertad de miedo y angustia.
Las cuatro primeras son relativamente fáciles de garantizar con cuidados básicos adecuados. La quinta, la libertad de expresar comportamientos normales de la especie, es la que más frecuentemente ignoramos porque exige conocer en profundidad qué necesita realmente el animal que hemos elegido tener.
La buena noticia
La ciencia también documenta que los animales domésticos que viven en entornos enriquecidos, con estimulación adecuada, contacto social suficiente y vínculos afectivos estables, muestran indicadores biológicos y conductuales de bienestar que los investigadores describen como genuinamente positivos.
El perro que espera a su dueño en la puerta, el gato que busca el regazo, el conejo que corre en círculos cuando le abren la jaula: esos comportamientos no son pantomimas. Son expresiones de estados internos que la neurociencia reconoce como reales.
Nuestras mascotas pueden ser felices. La pregunta que merece hacerse cada dueño es si está haciendo lo necesario para que lo sean.
CUÁNTAS MASCOTAS HAY EN ESPAÑA
No es fácil conseguir unas cifras exactas del número de mascotas que hay en España, ya que no todo el mundo registra a su perro con un microchip, como es obligatorio, ni todas las comunidades autónomas, que gestionan las competencias en la materia, exigen el inscribir también a los gatos, por lo que se deduce que el número de felinos, es ciertamente mucho mayor que el estipulado.
Se calcula que el 25% de los hogares españoles -uno de cada cuatro- cuenta al menos con un perro en casa, una cifra que se está manteniendo bastante constante estos años.
Lo cierto es que los datos demuestran que nos gustan mucho los animales, y especificando, uno de cada cuatro hogares elige a los perros como animal doméstico.
Anualmente hay unos 140.000 abandonos de perros y gatos, según la información recogida en las protectoras de animales.
Y es que se han dado pasos importantes en las ciudades en la mejora de la convivencia y en el cuidado de animales en España, pero la verdad es aún queda mucho camino para equiparse a países como Holanda, Bélgica o Inglaterra.
Sí que es cierto y así lo demuestran las cifras que ahora metemos a los animales en casa como si fuera un miembro más, con un nivel altísimo de cuidados, pero tenemos mejorar.
Un dato curioso que podamos extrapolar a otras ciudades, si miramos el número total de perros que hay en Madrid la cifra asciende a 278.460 canes.
Para algunos serán pocos, para otros muchos…
Si los comparamos con los niños menores de 10 años que viven en la capital… descubrimos que hay 288.740 y el doble que niños entre 0 y 4 años 140.857.
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