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El oso estaba obsesionado con la sangre humana, y no en balde había devorado antes a cuatro personas.
En el vídeo que acompaña estas líneas, puede observarse cómo el feroz animal se come entre gritos desgarradores a un aldeaño de la localidad india de Chhattisgarh Mahendergarh, en un bosque, ante el espanto de sus vecinos.
Estos poco pueden hacer más que arrojarle objetos de toda índole, aunque con nulo resultado.
El animal gigante lo había capturado y le rodeó con sus fuertes patas para, después, morderle con saña el cuello y matarlo.
El departamento forestal del lugar le dio caza en las últimas horas, y lo abatió a tiros, no sin antes perder la vida uno de los funcionarios durante el operativo, ya que el animal se le echó encima.
Del oso perezoso de la India al negro japonés que entra en los supermercados: qué especies atacan, dónde, por qué y cuántas veces
Los osos atacan a personas unas cuantas decenas de veces al año en el mundo, y solo una pequeña parte de esos encuentros acaba en muerte.
Pero el riesgo varía enormemente según la especie y el lugar. El oso pardo suma unos 40 ataques anuales, con Rumanía, Rusia y Alaska a la cabeza.
El oso perezoso hiere a cientos de personas cada año en la India. Y Japón ha cerrado su peor año de la historia, con 13 muertos. En casi todos los casos, la chispa es la misma: un encuentro por sorpresa, a menudo con una hembra y sus crías.
En los cuentos, el oso es un glotón bonachón que roba miel y se echa la siesta. En los documentales, una máquina de cuatrocientos kilos capaz de partir el cuello a un alce de un zarpazo. La verdad está, como casi siempre, en medio. Y los números ayudan a ponerla en su sitio.
El pardo: el más estudiado
El estudio de referencia lo firmó en 2019 un equipo internacional encabezado por Giulia Bombieri en la revista Scientific Reports. Sus autores reunieron 664 ataques de oso pardo en todo el mundo entre 2000 y 2015, una media de unos 40 al año. De ellos, 95 terminaron en muerte, alrededor de un 14 %.
El reparto geográfico tiene sorpresas. Europa, con unos 18 ataques anuales, supera a Norteamérica, con unos 11. Dentro del continente, Rumanía concentra casi la mitad de los casos europeos, seguida de lejos por Eslovaquia, Suecia y Finlandia. En América manda Alaska, por delante de la Columbia Británica, Wyoming y Montana. En Asia, Rusia y Turquía encabezan la lista.
La mortalidad cuenta otra historia. En Europa muere un 6,6 % de los atacados. En Norteamérica, un 13 %. En Rusia y el este, casi uno de cada tres. Influyen el tamaño de los osos, la distancia hasta un hospital y que en algunas regiones la víctima se adentre en el bosque sola y sin teléfono.
Por qué ataca un oso
El oso pardo no busca humanos para comérselos. Lo que lo hace atacar es el susto o la defensa. Casi la mitad de los ataques analizados, un 47 %, se produjeron al toparse con una hembra con crías, el escenario más peligroso que existe en el monte. Le siguen los encuentros repentinos a corta distancia, la presencia de un perro que provoca al animal y huye hacia su dueño con el oso detrás, y los osos heridos por cazadores.
El perfil de la víctima es casi un retrato robot: varón adulto, a menudo solo, de excursión, recogiendo setas o bayas o cazando, en verano y a plena luz del día. La mitad de los atacados estaban en actividades de ocio. El riesgo, por tanto, crece donde más gente sale al campo.
Rumanía, el gran laboratorio europeo
Con unos 8.000 osos pardos, Rumanía tiene la mayor población de Europa fuera de Rusia. En las dos últimas décadas, los osos han causado allí 26 muertes y 274 heridos graves. Los Cárpatos son hoy el escenario de un conflicto abierto entre la conservación y la seguridad.
En julio de 2024, una senderista de 19 años murió en un sendero de los montes Bucegi, junto a la estación de Bușteni. El oso la arrastró fuera del camino y la arrojó a un barranco. El Parlamento aprobó una ley de urgencia que duplicó el cupo de caza hasta 481 osos al año. Los ecologistas replicaron que lo que falla es la gestión de basuras, que acostumbra a los animales a bajar a los pueblos. Un año después, en julio de 2025, otro oso mató a un motorista en la carretera de alta montaña de la Transfăgărășan.
Italia vivió su propio drama en abril de 2023. La osa conocida como JJ4 mató en Trentino al corredor Andrea Papi, de 26 años, y el caso dividió al país.
Japón: el oso que baja a la ciudad
Si hay un país donde el oso ha pasado de curiosidad a problema nacional, ese es Japón. Allí el protagonista es el oso negro asiático, el del collar blanco en forma de media luna, junto al pardo de la isla de Hokkaido. El año fiscal 2025, cerrado en marzo de este año, ha batido todos los récords: 238 víctimas, 13 de ellas mortales. El anterior máximo, en 2023, se había quedado en 219 heridos y 6 muertos.
Lo más llamativo es el escenario. Más del 70 % de los ataques se han producido en zonas urbanas o junto a viviendas. Ha habido osos dentro de supermercados, colegios y aeropuertos. La despoblación del campo, el envejecimiento de los cazadores y las malas cosechas de bellotas empujan a los animales hacia los pueblos.
El perezoso, el peor genio del mundo
Poco conocido en Occidente, el oso perezoso de la India, Nepal y Sri Lanka tiene fama entre los biólogos de ser el oso más irascible. Con mala vista, buen oído y uñas enormes para excavar termiteros, reacciona a los encuentros por sorpresa con ataques frontales, casi siempre a la cara. Según estimaciones de investigadores indios, cada año hiere a cientos de personas, sobre todo campesinos y recolectores en los bosques de Madhya Pradesh, Chhattisgarh y Odisha. No suele matar, pero desfigura con frecuencia.
El polar y el negro americano: los extremos
El oso polar es el único que puede ver al humano como presa. Por suerte, los encuentros son escasos. Un estudio de 2017 contabilizó 73 ataques entre 1870 y 2014, con 20 muertos, y advirtió de que el deshielo del Ártico empuja a ejemplares hambrientos hacia los pueblos.
En el otro extremo está el oso negro americano. Con más de 800.000 ejemplares en Norteamérica, es el oso más abundante del planeta y también el que menos mata: en torno a una muerte al año de media. Cuando ataca, curiosamente, suele hacerlo por hambre y no por defensa, y por eso los expertos recomiendan plantarle cara en vez de hacerse el muerto.
Panda, malayo y de anteojos completan la familia. Son tímidos y rara vez dan problemas, salvo algún visitante imprudente que salta la valla de un zoológico.
¿Y en España?
En la cordillera Cantábrica viven hoy en torno a 370 osos pardos, una población que se ha más que triplicado desde los años noventa. En el Pirineo hay un centenar. Los ataques a personas son rarísimos: unos pocos incidentes en décadas, casi siempre con cazadores, o con hembras con crías sorprendidas a corta distancia. El oso ibérico es, de largo, uno de los más pacíficos de Europa.
Los números dicen que un oso es mucho menos peligroso que un perro, una avispa o, desde luego, una carretera comarcal un domingo por la tarde. Pero también dicen que el riesgo crece cuando los osos aumentan, los pueblos se vacían y la basura se queda al alcance de cualquier hocico. El oso no ha cambiado. Somos nosotros los que nos hemos metido en su casa, y a veces él decide devolvernos la visita.
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