Hace unos años, mi ambulatorio local solicitó a una becaria del Senado que les ayudara a recibir dinero federal que destinar a un nuevo edificio. Ella se prestó, agilizando el proceso a través del cual esta esquina concreta del norte de New Hampshire pasaría a ser considerada «saturada» y con derecho por tanto a recibir la generosidad del Estado.
En la ceremonia de inauguración, la becaria fue distinguida invitada, y recibió abundantes elogios. Por desgracia, con el paso del tiempo el péndulo político osciló, su senador abandonó la política, y ella se vio obligada a ocupar un puesto fuera del estado.
El pasado verano, ella volvió al viejo barrio y se le ocurrió buscar un médico. El afable médico de cabecera de americana de pana y maletín con oficina en la calle principal había cerrado el garito y se había jubilado.
La mayoría de los municipios de la región tienen hoy menos médicos que en el siglo XIX, y los municipios más pequeños no tienen ninguno. Las Páginas Amarillas tienen más aseguradoras que médicos, lo que no parece un modelo de negocio muy boyante. Así que la becaria se acercó al centro de salud que tan generosamente había agraciado apenas unos años antes con nuestro dinero.
Le entregaron la instancia usual que hay que rellenar, llena de preguntas inquisitivas acerca de su estado de salud: ¿Conducía con el cinturón puesto? ¿Tiene un arma de fuego? ¿Con cuántos varones bisexuales ha mantenido relaciones?
Serían preguntas interesantes si se estuviera abriendo un perfil en eDarling en busca de varones bisexuales con armas fuego que conducen sin ponerse el cinturón, pero no eran preguntas relevantes de cara a sus necesidades médicas. Rellenó no obstante el caprichoso formulario de la Oficina de Cumplimentación, y solicitó su historial médico, y esperó, y esperó… y esperó. Eso fue en agosto.
Hoy acaba de ser informada de que tiene una cita para finales del mes de enero con una auxiliar de enfermería. Mi amiga paga 15.000 dólares anuales en concepto de seguro médico. En el norte de New Hampshire, esa cantidad y haber mantenido relaciones con el número suficiente de varones bisexuales es lo que hace falta para tener una cita dentro de seis meses con una auxiliar de enfermería.
¿Por qué se tarda tanto? Bueno, porque en América ahora todo tarda mucho, y tardará más. Pero más allá de la perversa tendencia hay innovaciones más concretas, como la «Oficina del Coordinador Nacional de Tecnologías de la Información Sanitaria», instancia que se coló desapercibida en la letra pequeña de la Primera Parte Contratante del Apartado 3001 de la batería de medidas de estímulo económico de Obama en el año 2009.
A instancias del Coordinador Nacional Supremo, el gobierno de los Estados Unidos anda montando una base de datos nacional con los historiales médicos de todo hijo de vecino, de forma que si una montañera de Texas se despeña por el pico Katahdin tras hacerse la ruta de los Apalaches, el personal de urgencias de Maine tendrá conocimiento exacto del número de varones bisexuales propietarios de un arma de fuego con los que se ha acostado, y podrá adoptar las medidas necesarias.
Este gran avance médico tendrá que estar implantado se supone para el año 2014, así que el gobierno federal anda dando incentivos a los médicos. Dentro del Programa de Incentivos del Estado a los Profesionales de la Medicina de Urgencias, si un galeno hace «uso adecuado» del historial médico informatizado, tiene derecho a recibir «primas» del Estado — unos 44.000 dólares si ejerce dentro del programa Medicare de la tercera edad, por ejemplo, pero hasta 63.750 dólares si es dentro del Medicaid de los pobres.
Si usted tiene una consulta en el número 27 de la calle Fulanito pero atiende a la viuda del 22, es improbable que ella satisfaga el requisito de acostarse con varones bisexuales, pero haciendo el seguimiento del tabaco que consume, usted sigue teniendo derecho a recibir sus primas de Washington.
En cuanto a las instalaciones médicas de los barrios residenciales de clase alta, el programa es caro y consume tiempo, y está espantando a los médicos a través de un enjambre de ordenanzas del Obamacare más: mi colega Michelle Malkin destacaba el otro día que su médico de cabecera se ha pasado ahora a la «atención primaria», dentro de la cual todos los actores (sean aseguradoras o el Estado) se meten en el mismo saco y el paciente contrata al médico exclusivamente de su bolsillo.
Hay médicos de cabecera que vuelven a hacer visitas a domicilio: ¡Lo viejo vuelve a estar de moda! (Mientras los nuevos inspectores federales lo permitan).
Pero en el disfuncional interior rural, el programa de incentivos y demás novedades hacen más rentable que los centros médicos que siguen abiertos den prioridad al papeleo federal por delante de la atención primaria.
Por ejemplo, en este país hay un gran consumo de recetas, y por eso los federales distinguen «el uso adecuado» con primas a cambio de proporcionar los historiales que van a determinar si el tipo que toma calmantes en New Hampshire también toma calmantes recetados por otro médico de Vermont, al otro lado del río Connecticut. De manera que en la práctica, todo paciente nuevo de esta parte del mundo ve comprobados sus antecedentes antes de oler un médico. Por su estado de salud nadie hace nada, pero de cara a una burocracia cada vez más abigarrada, el sistema hace maravillas.
De ahí la decadencia de tantas «citas médicas» transformadas en sistemas de voz electrónica. En la consulta del médico hace un par de meses, la enfermera había salido a comer y por eso la recepcionista, que era auxiliar, rellenaba las instancias a toda prisa. En la sala de espera. «¿Es usté sexualmente activo?» me preguntó. «Usted primero», le respondí. Espero que no le costara su prima federal.
Pero no se preocupe, están blindadas. Carl Smith Jr. fue el primer médico de Harlan County, Kentucky, que se acogió al programa de incentivos. «Gracias a esta tecnología», dice el doctor Smith, «podemos enviar a las farmacias por correo electrónico seguro lo que toma un paciente». ¡Toma geroma! «Por correo electrónico seguro»: ¡Qué concepto! Es estupendo que en las farmacias norteamericanas el correo electrónico sea seguro, porque nada más lo es.
Las pasadas Navidades, invitado por Fox News New York, tuve un trancazo y me acerqué a comprar algo a Duane Reade, en la Sexta. La mujer que tenía delante en la cola tenía algunos problemas. Era una mujer con estilo entrada en años, y me había llamado la atención.
Tras mantener prolongadas consultas con el ordenador, el «farmacéutico» la informaba (junto al resto de la cola) de que su aseguradora le pagaba el Ortho, pero el Valtrex no. Andaba yo pensando en ofrecerle una copa en el Plaza cuando reparé en el revuelo de las demás mujeres de la cola. Al parecer, el Ortho es la píldora antibabies y el Valtrex es la medicación del herpes.
Que Dios reparta suerte a la hora de conservar alguna confidencialidad médico-paciente dentro de un sistema en el cual cada vez más gente — aseguradoras, empleados, inspectores del Estado, auditores de programas de incentivos del Estado, Obergropinführers de agencia pública — tiene más acceso a su historial médico que en ningún otro país.
Ningún extranjero podrá comprender nunca el debate norteamericano «de la salud pública», que al turista puntual que repasa por casualidad los informativos le parece que va de cualquier cosa menos de «salud pública».
Desde la Segunda Guerra Mundial, en casi todos los países desarrollados ha prosperado un sistema de salud pública, pero sólo en América la implantación de un sistema público impacta sobre la ampliación de la plantilla de la pequeña empresa y sobre la libertad religiosa, y obliga a que haya 16.500 inspectores de Hacienda nuevos y primas a cambio de enviar los historiales a una base nacional de datos de gente bisexual que conduce sin cinturón.
Así es el Gran Hermano de corte estadounidense: arcano, dado a los pleitos, estúpido, coaccionador, denso de papeleo y carente del único consuelo del estatismo — la sorprendente claridad de la mediocridad universal.
Como escribí hace un par de semanas, la reforma sanitaria Obamacare nacionaliza la sexta parte de la economía estadounidense — el equivalente a la economía francesa entera. Ni a los franceses se les ha ocurrido intentar algo así antes. Y en ciertas regiones de la América rural, alcanzará en nada la perfección Platónica: legiones incontables de reguladores, administradores e inspectores de Hacienda, y ni un médico o enfermera a la vista.
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