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Santo Tomás de Aquino introduce y complementa a Aristóteles

JOSÉ CARLOS SACRISTÁN (ENRAIZADOS) 24 Abr 2025 - 09:02 CET
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Tomás de Aquino consiguió que el aristotelismo se convirtiera en un instrumento eficaz para potenciar el dogma cristiano. Tomás realizó la adaptación de la filosofía griega de Aristóteles al pensamiento cristiano escolástico a partir de un conocimiento profundo de su obra y de la dogmática cristiana.

Aristóteles atribuía la realidad necesaria, eterna e increada, tanto a las formas (esencias) como a la materia. De este modo garantizaba la necesidad y la eternidad del universo, de ser así, no habría cabida a una creación o intervención de Dios en la constitución de las cosas. Este fue el motivo por el que Aristóteles fue rechazado en las universidades, principalmente en París, en el siglo XIII. Tomás coge la distinción ideada por Avicena entre esencia y existencia, como la posibilidad de distinguir entre materia-potencia y forma-acto. De este modo, deduce que, en el paso de potencia a acto es obligatoria la intervención de Dios. Dios se convierte así en la causa universal, causa essendi.

Mediante esta introducción novedosa y radical de la metafísica aristotélica, Tomás hizo que la constitución de las sustancias exigiera la creación divina. Gracias a esto, el estudio del ser necesario (Aristóteles) pasó a convertirse en consideración de ser creado (Tomás de Aquino). La distinción entre esencia y existencia permitió a Tomás distinguir entre ser creador, el ser necesario y absoluto, y el ser creado que recibe su ser de Dios como acto voluntario y omnipotente de éste.

Para Tomás, Aristóteles es el filósofo por excelencia puesto que llegó hasta donde la razón puede llegar, más allá de lo cual sólo está la verdad sobrenatural de la fe. Para conjugar la filosofía con la fe, Tomás debió separar la filosofía de la teología, es decir, la investigación racional guiada por principios evidentes, de la ciencia que supone la revelación divina. Sólo con esta clara separación, la teología puede complementar a la filosofía. Tomás fundamenta su teología en el conocimiento científico y precisamente por esto el intelecto extrae conclusiones de los artículos de fe, siendo esto la esencia de la ciencia teológica. Para él, el problema consistía en comprender la unidad y diferencia entre filosofía y teología. Fue el primero en postular el concepto de teología: el objeto de esta ciencia es Dios.

Para Tomás de Aquino, la teología supera la mera razón matemática, busca una razón abierta. Por esto, nos quiere hacer ver que el Dios de la religión y el Dios de la filosofía se compenetran perfectamente el uno con el otro. Con respecto a esta intención, el cardenal Ratzinger añadía una coletilla precisa e inteligente: “El Dios de la fe supera al Dios de los filósofos, le añade algo”. Por eso la fe no contradice la doctrina filosófica de Dios. En definitiva, el Dios de Aristóteles y el Dios de Jesucristo son uno y el mismo.

Si definimos la razón como la facultad de comprender lo que son las cosas, y la fe, la facultad de creer, es decir, de aceptar las verdades reveladas por Dios, entonces la razón es una facultad de orden natural mientras que la fe pertenece al orden sobrenatural. Para Tomás, hay dogmas revelados que se pueden conocer por la razón -la existencia de Dios, la creación, etcétera-; sin embargo, la revelación es importante, porque por la razón muy pocos conocerían estas verdades. Tomás tenía muy clara la verdad revelada, y en el caso de una contradicción entre la revelación y la filosofía, el error nunca podría venir de la primera. En este sentido subordinaba la filosofía a la revelación.

La pregunta clave versa sobre la legitimidad de la coexistencia de fe y filosofía, y la relación positiva entre conocimiento por la fe y conocimiento por la razón, entre el ser sobrenatural y el natural. Si partimos de que el mensaje cristiano no es una doctrina secreta y reducida, dirigida a un grupo selecto, sino que es un mensaje de Dios para todos, entonces es esencial al cristianismo la interpretación hacia otros, dentro del lenguaje de la razón humana. Como el cristianismo rechaza el gnosticismo y el hermetismo, opta por la razón y la universalidad, tal y como predicaba Tomás de Aquino.

Siendo esto así, la relación entre filosofía y fe será armónica, aunque mantengan sus diferencias. Esta armonía la propuso Tomás de Aquino, teniendo claro que la filosofía es otra cosa con su propia entidad.

Tomás no se cansó de repetir una fórmula ampliamente conocida: “la teología es la ciencia subordinada a la de Dios y los bienaventurados”. Decía que el teólogo debía ser hombre de ciencia, pero también hombre de oración. Ha de estar pendiente del progreso y de la historia, pero también del que ha alcanzado la cima de la intimidad divina.

Tanto Tomás de Aquino como Aristóteles coincidieron en que el fin último del ser humano es conseguir la felicidad, pero es preciso determinar cómo conseguirla. Para Aristóteles, el ser humano se diferencia por su racionalidad, por lo que la felicidad consistirá en la actividad más perfecta y elevada de la razón que es la vida contemplativa. Tomás corrige en esto a Aristóteles y considera que la plena felicidad se consigue en la contemplación de Dios.

Tomás acepta la distinción aristotélica entre virtudes morales e intelectuales. Estas virtudes son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Pero añade que para tender a la felicidad eterna, o sea a Dios, estas virtudes no bastan. Necesita las virtudes teologales que Dios infunde y que son tres: fe, esperanza y caridad.

JOSÉ CARLOS SACRISTÁN (COLABORADOR DE ENRAIZADOS)

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