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Cada cinéfilo tiene su lista. La de Woody Allen es especialmente interesante porque es, simultáneamente, un canon cinematográfico y un autorretrato.
Las películas que un director elige como esenciales revelan más sobre su propio cine que cualquier entrevista sobre su método de trabajo.
Allen ha dirigido más de cincuenta películas en una carrera que empezó en los años sesenta y que no muestra señales de detenerse.
Ha hablado en diversas entrevistas de sus referentes, de lo que considera verdadero cine y de lo que le parece irrelevante.
La lista que ha hecho pública recientemente es coherente con todo lo que se sabe de sus gustos: Europa sobre Estados Unidos, la emoción sobre la técnica, Fellini sobre prácticamente cualquier otra cosa.
No faltan sorpresas. Pero tampoco hay concesiones al consenso fácil ni a la corrección política cinematográfica.
1. Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)
Para Allen, este filme es el principio de todo. La película que inventó el lenguaje del cine moderno tal como lo conocemos: la profundidad de campo, la narrativa no lineal, el tiempo como material de construcción dramática. La historia de Charles Foster Kane le sigue cautivando, dice, por su ambición y por su tristeza existencial. Un hombre que tiene todo lo que el mundo considera éxito y muere solo murmurando el nombre de un trineo.
Welles tenía 25 años cuando la rodó. Nunca volvió a tener ese nivel de control creativo y esa circunstancia, la obra maestra producida por el genio joven antes de que el sistema lo destruya, también resuena en el universo temático de Allen.
2. El ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948)
El neorrealismo italiano en su expresión más pura. Un padre y un hijo buscan por Roma la bicicleta robada sin la que no pueden trabajar. No pasa más que eso. Y sin embargo, Allen la menciona sistemáticamente como ejemplo de emoción auténtica y verdad cinematográfica: la demostración de que el cine no necesita artificio para destrozar al espectador.
De Sica rodó con actores no profesionales, en exteriores reales, con una austeridad que era tanto una elección estética como una necesidad económica. El resultado es uno de los documentos más honestos sobre la dignidad humana bajo presión que el cine ha producido.
3. La strada (Federico Fellini, 1954)
La primera de tres películas de Fellini en la lista, lo que ya dice todo sobre la devoción del director neoyorquino hacia el maestro italiano. La strada es una fábula sobre la inocencia y la brutalidad, sobre lo que los seres humanos hacemos con quienes nos aman sin pedir nada a cambio.
Giulietta Masina como Gelsomina es para Allen una de las grandes interpretaciones de la historia del cine. La relación entre su personaje y el brutal Zampanò le parece la esencia del drama europeo: sin solución, sin redención fácil, con la belleza y la crueldad entrelazadas de forma inextricable.
4. Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)
El debut de Truffaut y el manifiesto de la Nouvelle Vague francesa. Antoine Doinel, el adolescente que miente, roba y escapa de todo lo que intenta atraparlo, es para Allen el retrato más sincero de la infancia y la adolescencia que el cine ha producido.
Allen admira la mirada de Truffaut: sin juicio moral, sin sentimentalismo, con la precisión de quien recuerda perfectamente lo que era tener doce años y no encajar en ningún sitio. La última escena, el plano congelado del niño mirando al mar sin saber qué hay al otro lado, sigue siendo uno de los finales más discutidos de la historia del cine.
5. La gran ilusión (Jean Renoir, 1937)
El clásico antibelicista que Renoir rodó dos años antes de que el mundo volviera a demostrarse que no había aprendido nada. Oficiales franceses prisioneros de guerra en Alemania durante la Primera Guerra Mundial: las clases sociales que los separan resultan más reales que la guerra que los enfrenta.
Allen la incluye por su humanismo y su elegancia formal pero también, probablemente, por su ironía: la película más inteligente sobre por qué los hombres se matan entre sí fue completamente ignorada por los hombres que estaban a punto de matarse entre sí de nuevo.
6. Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)
Allen es uno de los grandes defensores del legado de Chaplin en el cine contemporáneo. Tiempos modernos le parece la síntesis perfecta de lo que el cine mudo consiguió: hacer reír y hacer llorar con el mismo gesto, criticar el orden económico desde la comedia más física, demostrar que el entretenimiento y la inteligencia no son incompatibles.
El Vagabundo de Chaplin atrapado en los engranajes de la fábrica es la imagen más duradera de la crítica al capitalismo industrial que el cine del siglo XX produjo. Y lo es precisamente porque es una imagen cómica antes que un argumento político.
7. Amarcord (Federico Fellini, 1973)
La Italia de la infancia de Fellini reconstruida desde la memoria y el sueño. Los personajes son excéntricos hasta el absurdo, las situaciones rozan el surrealismo y sin embargo el retrato de una comunidad pequeña bajo el fascismo es tan reconocible y tan emotivo que resulta imposible no verse reflejado en él.
Allen conecta profundamente con la nostalgia como motor narrativo. Buena parte de su propio cine, desde Annie Hall hasta Medianoche en París, funciona con el mismo mecanismo: el pasado como lugar más habitable que el presente.
8. 8½ (Federico Fellini, 1963)
La película sobre la imposibilidad de hacer una película. Guido, el director atormentado que no sabe qué quiere contar ni por qué, es el personaje con el que Allen tiene la identificación más directa y más declarada. La influencia de 8½ en Recuerdos y en Desmontando a Harry es tan obvia que el propio Allen la ha reconocido sin rodeos.
Un cineasta en crisis creativa rodeado de mujeres que lo aman, lo necesitan o lo desprecian, incapaz de separar sus fantasías de su realidad: si eso no es el universo temático de Woody Allen, nada lo es.
9. La dolce vita (Federico Fellini, 1960)
Tres de diez para Fellini. La proporción refleja con exactitud el lugar que el italiano ocupa en el imaginario cinematográfico de Allen. La dolce vita es el retrato del glamour y la decadencia de la Roma de los años sesenta, una sátira social que Allen considera tan relevante ahora como cuando se estrenó.
La secuencia de Anita Ekberg y Marcello Mastroianni en la Fontana de Trevi es, para Allen, pura magia cinematográfica: el instante en que el cine consigue detener el tiempo y convertir un momento en un mito.
10. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)
La única película de ciencia ficción de la lista y la única americana no dirigida por Chaplin o Welles. Allen la califica de «alucinante e incomparable» y la incluye por su ambición visual y por su capacidad de plantear preguntas filosóficas sin ofrecer respuestas.
El universo sin respuestas, la pregunta sobre el sentido de la existencia que no tiene solución, la grandeza del cosmos frente a la pequeñez humana: son todos temas que atraviesan el cine de Allen desde sus primeras películas hasta las más recientes. Kubrick los abordó desde la épica visual. Allen los aborda desde la neurosis urbana. El territorio es el mismo.
Lo que la lista revela
Europa domina abrumadoramente: ocho de diez películas son europeas o de tradición europea. Fellini aparece tres veces, lo que no es una devoción sino una obsesión declarada. No hay cine asiático, no hay Latinoamérica, no hay cine experimental y prácticamente no hay cine americano contemporáneo.
La lista es coherente con lo que Allen ha dicho siempre: le interesa el cine que plantea preguntas sobre la condición humana con honestidad emocional y sofisticación formal. No le interesa el espectáculo por el espectáculo, la tecnología como fin en sí mismo ni el entretenimiento que no deja nada al terminar.
Es un canon muy personal y, como todos los cánones muy personales, dice tanto sobre el que lo elige como sobre las películas elegidas.
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